miércoles, 10 de abril de 2019

Educar desde las fortalezas. Por Margarita Tarragona.


Centrarse en las capacidades de cada uno para ampliarlas y aprovecharlas al máximo permite obtener mejores calificaciones y, sobre todo, hace que nuestros hijos crezcan como personas más completas y felices.

En la escuela de mis hijos, los padres se entrevistan con los maestros al menos una vez al año. Cuando eran pequeños, yo siempre iba. Ahora que son adolescentes, quise concertar una cita para reunirme con ellos, y mi hijo me dijo: “no, mamá; no hace falta que hables con los profes. Esas reuniones son solo para los que tienen problemas en el colegio”. No sé cómo llegó a esa conclusión, pero, por lo visto, él ha captado la idea de que solo vale la pena hablar de lo que no va bien, que lo que funciona no necesita mayor atención.

Nuestra cultura en general –y especialmente los sistemas educativos– tienden a centrarse en nuestros puntos débiles, en lo que va mal y es necesario corregir.

Cambiar el foco: de corregir los fallos a aprovechar los aciertos
Parece que nuestra tendencia automática es dar por hecho lo bueno y dedicar nuestras energías a subsanar los déficits. Evidentemente, corregir lo que está mal es importante. Si hay una grieta en una carretera, hay que arreglarla para evitar accidentes; y si un paciente tiene apendicitis, sería absurdo que el médico le dijera: “mire, el corazón lo tiene muy bien, así que céntrese en eso”. Pero muchas áreas de la experiencia humana no son como la ingeniería o la medicina.

En la familia, las organizaciones y las escuelas, notar y construir sobre lo que funciona bien puede ser enormemente productivo.

Psicología positiva: la ciencia sobre el cultivo de la felicidad
La psicología positiva es el estudio científico de los factores que contribuyen a la felicidad y el bienestar y a que vivamos con plenitud. Esta disciplina se está aplicando especialmente en el área de la educación; incluso se habla de “educación positiva” para referirse a una educación que incluye tanto las habilidades académicas tradicionales como las habilidades para cultivar la felicidad.

En su libro Flourish (2011), el doctor Martin Seligman cuenta que ha preguntado a miles de padres y madres qué es lo que más desean para sus hijos; y las respuestas generalmente son “felicidad”, “confianza en ellos mismos”, “plenitud”, “satisfacción”, “equilibrio”, “salud”, “amor”… Y cuando les pregunta qué se enseña en las escuelas, responden: “a tener éxito”, “habilidades de pensamiento”, “a leer y escribir”, “a trabajar”.

Seligman y su equipo de investigadores piensan que es posible mantener la calidad académica y, además, enseñar a los niños a vivir con plenitud –a “florecer”, como él dice–. Por ello, han desarrollado programas para implementar la educación para el bienestar en las escuelas.

La emoción positiva es vital para la excelencia
Experimentar emociones positivas en la escuela hace que los alumnos obtengan mejores resultados académicos.

Una razón para cultivar la felicidad de los niños y los jóvenes en la escuela es que, en sí misma, es un fin valioso; otra razón, menos obvia, es que hay evidencia científica de quelos alumnos que están contentos en el colegio aprenden más y tienen un mejor desempeño.

La doctora Barbara Fredrickson, investigadora de la Universidad de Carolina del norte en Chapel Hill (EE. UU.), ha observado que cuando las personas experimentan emociones positivas –como la alegría, el entusiasmo, la curiosidad, el amor, la serenidad, la gratitud...–, hay cambios medibles en ciertos aspectos de su funcionamiento cognitivo. Por ejemplo, están más abiertas a la información nueva, tienen mejor memoria, mayor expresividad verbal y más capacidad para ver las cosas de manera global.

Además, al experimentar más emociones positivas, también tendemos a confiar más en las otras personas. Las emociones positivas ayudan a ser más resilientes, lo que permite afrontar los retos con mayores posibilidades de éxito y tener un mejor desempeño académico.

¿Cómo aplicar la psicología positiva en educación?
Ayudar a las personas a conocer y a aprovechar sus fortalezas de carácter es una de las mejores maneras de promover la positividad.

Las fortalezas de carácter son aquellas cualidades morales que podemos desarrollar o cultivar. Los investigadores Christopher Peterson y Martin Seligman han encontrado 24 fortalezas de carácter; entre ellas, la curiosidad e interés por el mundo, el amor por el aprendizaje, el buen juicio, el ingenio, la inteligencia social, personal y emocional; la capacidad de poner las cosas en perspectiva, la valentía, la perseverancia, la diligencia, la honestidad, la generosidad, la capacidad de amar, el sentido del deber, la justicia, la capacidad de liderazgo, el autocontrol, la discreción, la gratitud, la esperanza, el optimismo, el perdón, el sentido del humor o el entusiasmo.

Una de las aplicaciones más importantes de la psicología positiva en la educación consiste en reconocer las fortalezas de todos los integrantes de una escuela –desde la directora, los maestros y los alumnos hasta el personal administrativo– para aprovecharlas al máximo. Puede ser el primer paso para un cambio en la atmósfera de la escuela y en las vivencias cotidianas de alumnos y docentes.

Educando desde las fortalezas: un modelo de cinco pasos
Los especialistas en educación John Yeager, Sherri Fisher y David Shearon han desarrollado un modelo educativo basado en las fortalezas. En su libro Smart Strengths(2011) describen las cinco fases de este abordaje:
1. Reconocer las fortalezas
Entrenarnos para ser conscientes de lo que hace bien cada persona, aquello en lo que sobresale, en vez de centrarnos en sus fallos.
2. Gestionar las fortalezas
Se pueden combinar, aprovechar y promover para obtener lo mejor de cada alumno.
3. Abogar por las fortalezas
Conversar con los alumnos sobre sus capacidades y habilidades, a fin de saber cómo se manifiestan en diferentes actividades y situaciones.
4. Relacionarse desde las fortalezas
Construir relaciones en las que podamos manifestarlas y conectarlas con las de los demás.
5. Entrenar a los demás
Una vez que conocemos y aprovechamos nuestras fortalezas, podemos ayudar a los demás a hacer lo mismo.
John Yeager y sus colaboradores resaltan que, para ayudar a los niños a trabajar con sus fortalezas, los adultos involucrados en su educación deben conocer las suyas propias. La forma más sencilla de lograrlo es simplemente ponernos unas “gafas de aprecio” y proponernos notar y observar lo mejor de cada uno.

¿Cómo detectar las fortalezas de carácter?
Existen herramientas cuantitativas muy útiles para evaluarlas, como el cuestionario VIA de fortalezas de carácter. Se trata de una prueba sencilla, con traducción al español que se puede realizar gratuitamente por Internet; hay una versión para adultos, otra para adolescentes y otra para niños.

Finalmente, te invito a recordar tus días de escuela desde el ángulo de las fortalezas.Piensa en alguna época o evento de tu vida escolar –puede ser todo un curso o un día específico– en el que te sintieras especialmente bien:

·    ¿Qué contribuyó a que fuera una buena época o un buen momento para ti? ¿Crees que demostraste una de tus fortalezas? ¿Cuál? ¿Quién lo notó o apreció?
·    Recuerda a algún maestro o maestra que consideraras especialmente bueno. ¿Crees que notaba las fortalezas de los alumnos? ¿Apreciaba alguna de las tuyas? ¿Alguna vez te comentó algo o te lo hizo notar? ¿Cuáles crees que eran algunas de las fortalezas de ese maestro o maestra especial?
·    Piensa en dos de tus mejores amigos de la escuela. ¿Cuáles crees que eran dos de sus fortalezas de carácter? ¿Cómo se manifestaban en su trabajo escolar? ¿Y en su relación contigo?
·    Si hoy pudieras volver a la escuela, ¿cuáles de tus fortalezas te gustaría que alguien notara y te ayudara a cultivar? Y, si tienes hijos, ¿qué fortalezas ves en ellos que quisieras que se siguieran desarrollando en la escuela?

Educar a partir de nuestras virtudes y las de los demás es, en definitiva, favorecer la autoestima necesaria para ser felices.

jueves, 4 de abril de 2019

La educación desde lo cotidiano. Carlos Aldana.


Es en las microrealidades de la vida cotidiana donde se encuentra la enorme fuente de educación. Es en la vida cotidiana donde nos educamos, donde aprendemos a transformarnos.

No es la clase, no es el contenido, ni siquiera el método o la técnica. Lo que educa, en el sentido de crear transformaciones intelectuales, actitudinales o emocionales, es el conjunto de pequeñas situaciones que vivimos en el día a día. Educamos desde el intercambio entre personas.

Educatividad es un viejo concepto, poco discutido en la actualidad, pero que vale la pena tener presente por su gigantesca presencia en la vida pedagógica. Se refiere a la capacidad de educar. Es decir, a la capacidad de influir que puede tener una persona o un elemento no humano (pero que siempre está mediado por la mano humana, por ejemplo, la capacidad transformadora de un libro, un vídeo o una canción de Serrat).

Desde una perspectiva muy tradicionalista, este concepto fue asignado exclusivamente a docentes (o maestros, o enseñantes, o profesores, etcétera) y se fue dejando de comprenderlo o ubicarlo en dos ámbitos. En primer lugar, el de las personas que influyen, que cambian a los demás, que generan transformaciones, que educan, pero fuera de la institución escolar. Y en segundo plano, se dejó de comprender que, hechos, factores, elementos, objetos o situaciones (sin intencionalidad educativa desde alguna persona), también causan influencias y cambios que pueden llamarse educativos. En otras palabras, la educatividad de la vida en su conjunto.
Y, como consecuencia, dejamos de comprender y convencernos de que en las microrealidades de la vida cotidiana se encuentra la enorme fuente de educación, esa que todos los días la tenemos a la mano y no es motivo de reflexiones, diseños o análisis pedagógicos, mucho menos causa de esfuerzos curriculares o de consideración evaluativa. Y, sin embargo, desde el saludo inicial, hasta la mirada con la que despedimos a nuestros estudiantes cuando dejan el espacio en el que ejercemos de profesores, tenemos un sistema de interacciones muy influyente e impactante en la vida de ellas y ellos, mucho más que nuestros discursos emocionados, que nuestras sabias y preparadas clases magistrales, o que nuestras presentaciones audiovisuales. Pero como hemos ido abandonando la comprensión de que la educación surge del intercambio y la interrelación, apagamos los focos de nuestra atención a ese ecosistema diario y nos concentramos en el momento didáctico.

En el discurso dominante de las competencias y los estándares no existe posibilidad de que alguna consideración y valoración se tenga hacia la calidad y profundidad de las relaciones que se crean en el entorno del aula y de la institución. Solo tienen valor las acciones, recursos y métodos que hagan posible las respuestas esperadas (con un lenguaje previamente asumido, técnico, inflexible), esas que pueden ser motivo de medición cuantitativa, que todo mundo tiene que saber dar. Como lo que importa es lo que se ve y mide, entonces la afectividad, emocionalidad y subjetividad de lo cotidiano queda fuera de toda estima y de toda atención. ¡Semejante despropósito!

No se le asigna ningún valor pedagógico a lo que realmente tiene valor para la vida, y se coloca en la cima de los tesoros pedagógicos, a las conductas observables y medibles que resultan de un esfuerzo específico, puntual, didáctico, pero que con el paso del tiempo serán olvidadas o abandonadas por desuso o desinterés.
La sensación de sentirse escuchado, respetado, valorado, atendido y afirmado, la empatía en las interrelaciones, la manera como se resuelve una situación difícil, la forma de corregir que no abandona la dignidad y el buen trato (pero tampoco la firmeza), el estímulo, la cero tolerancia ante el irrespeto y la burla, constituyen ingredientes de la educatividad de lo cotidiano.
Y es que tampoco olvidemos que lo empaquetado y medible es más fácil. Construir entornos de discusión, diálogo horizontal y transferencia de poder es mucho más complicado y difícil. Pero la vida es así. La cotidianidad es la vida. Pero es allí donde nos educamos, donde aprendemos a transformarnos.

jueves, 28 de marzo de 2019

Motivos por los que tu hijo debería practicar deporte

Practicar un deporte con regularidad ofrece muchísimos beneficios, tanto físicos como psíquicos. Lo primero que nos viene a la mente cuando hablamos de hacer ejercicio, son todas las ventajas sobre nuestro cuerpo, desde mantener un peso saludable y mejorar la elasticidad y la coordinación, hasta fortalecer la musculatura y prevenir enfermedades.
Es innegable que realizar una actividad física favorece la salud corporal, pero, muchas veces, no se presta suficiente atención a la mejora de la salud mental. Facilitar el aprendizaje, mejorar el estado de ánimo, obtener más energía y reforzar la autoestima, son algunos de los efectos secundarios de entrenar con cierta periodicidad.
Además de todos estos motivos, los niños y adolescentes pueden sacar más provecho del deporte ya que se encuentran en una etapa formativa y especialmente sensible. De tal manera, el deporte representa una oportunidad para que los más jóvenes de la casa se relacionen con la sociedad y aprendan lecciones tan útiles y valiosas como que todo esfuerzo conlleva una recompensa y que hay batallas que se pierden. También, les mantiene alejados de hábitos perjudiciales como el consumo de tabaco, alcohol o drogas.
Diez beneficios de practicar deporte:
·         Un estilo de vida activo protege la salud. Practicar deporte con regularidad, treinta minutos al día cuatro o más veces por semana, mejora las funciones cardiovasculares y, por tanto, disminuye el riesgo de sufrir varias enfermedades como la cardíaca, presión arterial alta, niveles elevados de colesterol en sangre e incluso, algunos tipos de cáncer.
·         El deporte fortalece los huesos y lo músculos. Esto disminuye el riesgo de sufrir fracturas y en última instancia baja el riesgo de osteoporosis. La actividad física contribuye a una adecuada maduración del sistema muscular y esquelético, además de corregir posibles defectos físicos. Huesos y músculos fuertes son la base para un crecimiento adecuado.
·         Mejor coordinación y flexibilidad. El cuerpo se mueve con más elasticidad y permite un nivel más amplio de estiramiento. Este hecho también protege a los niños y niñas de posibles lesiones, ya que como mejor sea su coordinación y mayor sea la flexibilidad de sus músculos evitaran y amortiguaran las caídas y golpes.
·         El ejercicio físico es la mejor manera de conseguir un peso saludable y, junto a una dieta equilibrada, evitar enfermedades como la obesidad, uno de los males de la infancia más habituales en la actualidad. Si los niños se mantienen activos, resultará más sencillo mantener y regular el peso corporal. También, es una manera más de evitar el sedentarismo y fomentar la realización de los trayectos cortos, caminando o paseando.
·         Potencia la creación de hábitos saludables, desde la propia práctica del ejercicio a una alimentación sana o una adecuada higiene corporal. Hacer ejercicio con cierta regularidad favorece a la elaboración y regularización de hábitos, costumbres i rutinas que, a medida que los niños y niñas crezcan, formaran parte de su personalidad.
·         Cuando se tiene un buen estado físico, el cansancio es menor y también se tiene mayor energía y resistencia durante el día. El ejercicio físico ayuda a descargar tensiones, disminuye el estrés y, en consecuencia, mejora la calidad de sueño. Este tipo de actividad puede frenar los impulsos excesivos de los más pequeños de la casa que aún no saben controlar el exceso de nervios o de energía.
·         Mejor estado de ánimo y sensación de bienestar. Muchos deportistas describen sensaciones de alegría y mejor humor cuando se ejercitan con regularidad. Esto es así porque el ejercicio estimula la liberación de endorfinas, sustancias naturales que produce el cuerpo y promueven la sensación de bienestar y vitalidad. De esta manera, se consigue el mantenimiento de un buen estado de ánimo, más fuerte para afrontar los problemas y contratiempos del día a día.
·         Practicar algún deporte es una oportunidad para que tu hijo se relacione con otros niños o adultos, siguiendo una serie de reglas y normas del juego. La mejor manera de socializar y que aprenda a ser más colaborador y menos individual, además de enseñarle a aceptar y respetar a sus semejantes así como reconocer que existe alguien que sabe más que él. Los deportes en equipo son una manera de compartir triunfos y derrotas, formar parte de un equipo, trabajar unidos para conseguir un objetivo común y de obtener disciplina. Algo que, sin duda, beneficia a quien lo practica en todos los ámbitos de la vida cotidiana.
·         Es un canal más para mejorar la autoestima de niños y adolescentes que por su cuerpo pueden tener problemas de integración, por sentirse demasiado altos o bajos, o gordos o delgados. Estas sensaciones y complejos son más fáciles de aceptar cuando se forma parte de un equipo y cuando se tiene la capacidad para controlar su cuerpo. Estar integrado en la práctica de un deporte genera, poco a poco, que el niño supere su timidez y aumente su seguridad y confianza en sí mismo.
·         Los niños a través del deporte pueden darse cuenta del valor y de la importancia de realizar un trabajo y esfuerzo No todos los objetivos se alcanzan de inmediato y es importante que entiendan los sacrificios y las dificultades que a veces surgen. Valores como la constancia, el rigor y la motivación son claves para disfrutar los triunfos y afrontar que hay batallas que también se pierden. Es una manera de ayudar a los niños que tienen poca tolerancia a la frustración.

martes, 19 de marzo de 2019

¿CÓMO APRENDEN LOS NIÑOS?, por Laura Estremera Bayod.

La escuela no debería de servir para “igualar” a todos los niños porque tenemos que partir de la idea no de que todos son iguales, sino de que todos son diferentes y por lo tanto, a los aprendizajes se puede llegar desde caminos diversos.

Piaget nos ofreció la teoría del desarrollo cognitivo, la que explica cómo se desarrolla la inteligencia a través de una serie de estadios en los que lo importante es la secuencia, es decir que uno ocurre detrás de otro (las edades son orientativas) teniendo en cuenta que los estadios previos siempre siguen presentes y que esta inteligencia se construye de forma activa tomando del entorno lo que se necesita en cada momento.

Durante los 2 primeros años aproximadamente, Piaget, estableció que la inteligencia se desarrollaba a partir del movimiento y del desarrollo sensorial, de ahí la importancia de que los niños y niñas pequeños puedan moverse libremente, que aprendan por sí mismos a voltear, a desplazarse, a gatear, a andar… así como que estén en contacto con materiales y objetos diversos.

A partir del segundo año y hasta los 6 aproximadamente, más o menos la etapa del segundo ciclo de educación infantil, la inteligencia se desarrolla a través del juego simbólico, el lenguaje, las imágenes mentales y del dibujo libre. Habéis leído bien ¡el juego libre! ese que generalmente tiene poco espacio en la escuela porque se considera que hay actividades dirigidas más importantes que hacer para el desarrollo antes que simplemente jugar, cuando realmente para el desarrollo de esta se necesita jugar, dibujar, imaginar, hablar, hacer, tocar, moverse, crear… y no fichas, lecciones, permanecer sentado, actividades dirigidas…

A partir de los 6 años aproximadamente y durante toda la primaria los niños y niñas están en una etapa que se denomina de operaciones concretas, que como su nombre indica, aprenden a través de lo concreto, de la manipulación, haciendo y no tanto de la palabra, del discurso verbal, de la vista, del libro de texto, de trabajar en el cuaderno, de los ejercicios, de la lección, de la pizarra… porque necesitan tocar, interiorizar los conceptos desde el tacto, desde el movimiento… los materiales manipulativos deberían de tener una presencia importante en esta etapa.

Y ya, a partir de los 12 años o más adelante, en la etapa de secundaria, los niños y niñas desarrollan su inteligencia a través de los conceptos abstractos, del lenguaje, de la audición, es decir en esta etapa ya pueden aprender realmente de las lecciones, de lo que otros explican, del libro de texto… como hacemos los adultos.

Aunque quizá ese sea el punto de partida del problema, porque como habréis observado generalmente no se respeta cómo aprenden realmente los niños y niñas, de hecho, se tiende a ofrecerles lo que para nosotros es más cómodo, es decir, como nosotros aprendemos a través la vista, de las explicaciones lógicas, del discurso verbal de los otros… nos debe de parecer que ofreciéndole lo mismo a los niños van a adquirirlo de la misma forma que lo hacemos los adultos, pero ya vemos que no es así.

Deberíamos de tomar conciencia de:

-Que el juego libre es esencial como mínimo hasta los 6 años, es su principal forma de aprender y de desarrollar su inteligencia, digo como mínimo porque los niños y niñas tienen ritmos diferentes como vimos en el artículo anterior. Y además, como hemos visto que unos estadios se apoyaban en los anteriores, el juego siempre debería de estar presente tanto en el tiempo libre como en la escuela.

-Que los niños y niñas aprenden de la realidad, de sus vivencias y no a través de fotografías, discursos verbales… En vez de ofrecer un mural sobre las estaciones ¡salgamos al patio!

-Que en primaria, la inteligencia se desarrolla sobre lo concreto, lo que se puede ver, tocar, mover… por lo que los materiales manipulativos (Montessori, regletas…) el poder hacer, debería de tener prioridad sobre las explicaciones verbales, el libro de texto y el trabajo con lápiz y papel, que es abstracto. No es lo mismo “tocar” una multiplicación, entender el concepto, que memorizar las tablas.

-Que las situaciones cotidianas están llenas constantemente de oportunidades de aprendizaje que muchas veces se pierden por “no haber tiempo” para ellas y a cambio ofrecemos lo que estaba programado, que muchas veces está totalmente descontextualizado.

-Que los niños y niñas aprenden de las situaciones reales, de lo que es importante para ellos, de lo que despierta su interés, por lo que no podemos ofrecer a todos lo mismo, ya que la inteligencia se construye de forma activa, no siendo meros receptores de la información que otros nos ofrecen, por lo que en el aula deberá de haber diferentes propuestas para que cada niño y cada niña, pueda construir los aprendizajes desde diferentes caminos.


Laura Estremera Bayod

Maestra de audición y lenguaje, Educadora infantil y Psicomotricista.
Autora del blog Actividades para el primer ciclo de educación infantil, del libro CRIANDO (de descarga gratuita) y del libro SER  NIÑOS ACOMPAÑADOS.

jueves, 14 de marzo de 2019

Los niños no tienen que aprenderlo todo en educación infantil, por Mel Elices.

Pues no, los niños no tienen que aprenderlo todo en educación infantil
La verdad es que no sé qué le pasa a la gente con los seis años. Parece que antes de esa edad los niños pequeños ya tienen que saber leer, escribir, sumar, restar y no sé qué cuántas cosas más. Parece ser que el segundo ciclo de educación infantil (incluso el primero) es un escenario que se debe pasar a toda prisa y con unos objetivos bastantes exigentes y ridículos. Algunas personas, y eso incluye también a algunos padres, no son conscientes de que no todos los niños tienen el mismo ritmo de maduración.
 ¿Aprender a leer y a sumar en educación infantil?
Por ejemplo, no creo que leer y aprender a sumar (operaciones sencillas. Y sí, hay centros en educación infantil que ya enseñan a sumar) sea uno de los objetivos importantes de la etapa. Estamos hablando de que algunos maestros de educación infantil están pidiendo por las redes sociales ejercicios matemáticos para hacer con niños de cuatro años). ¿Ejercicios matemáticos? ¿Niños de cuatro años? Es que me parece algo exagerado y absurdo.
Pero eso al sistema educativo, a algunos padres ya los maestros les da igual. Están empeñados en que antes de los seis años (y si es antes de esa edad, mejor), sus alumnos e hijos ya tienen que ser casi unos expertos lectores, escritores y futuros matemáticos. Y cuidado: algún que otro progenitor podría enfadarse si algún maestro o profesor decidiera no llevar esa tarea a cabo en su aula. Lo peor de todo es que están convirtiendo la educación infantil en una preprimaria. Y eso no está bien. ¡Cada cosa a su tiempo, por favor! Y sobre todo, respeto al ritmo de los niños. 
 ¿Se adelantan aprendizajes en educación infantil?
Pero, ¿por qué tanta prisa? ¿realmente hay algún estudio en el que se diga que aprender a leer y a escribir en educación infantil será mejor para los pequeños? ¿obtendrán mejores calificaciones entonces? Pues hasta dónde yo sé, la respuesta es no. Un niño que sabe leer y escribir desde los cinco años no será mejor que uno que no sepa. Y tampoco obtendrá mejores notas. De hecho, lo único que he leído han sido artículos dónde explican que no se puede obligar ni exigir a un niño que aprenda algo cuando no está preparado (y menos algo tan importante como la escritura y la lectura).
Y menos algo que requiere un tiempo, un ambiente, unas habilidades, conocimientos concretos y por supuesto, experiencia previa de los maestros y educadores. La mayoría de países que tenemos alrededor se echan las manos a la cabeza cuando leen o escuchan que en España enseñan a un niño a leer antes de los seis años, cuando por ejemplo, los innovadores fineses se centran en actividades lúdicas, en la educación emocional, en la imaginación, en la diversión y en la creatividad. 
Me parece poco que únicamente se lleven las manos a la cabeza y que no estemos en el ojo del huracán de la educación (que a veces es así como me siento). Me da la sensación de que al entrar en el segundo ciclo de infantil se produce un proceso de velocidad y aceleración increíble. Y que en muchos centros para conseguir esos objetivos que tienen como principales, utilizan esa metodología de “la letra con sangre entra”. Menos mal que algunos maestros y padres no se dan cuenta de que esa no es la mejor opción. Ni mucho menos.
¿A veces se produce un aprendizaje obligado?
Si se obliga a aprender a un niño algo que todavía no le interesa, algo por lo que no ha mostrado curiosidad, y encima con tan poca empatía, sensibilidad y consciencia, lo único que se va a conseguir es que el niño se encierre en sí mismo y se desmotive. Y no sólo se desmotivaría y se encerraría en sí mismo, sino que esa presión y esa exigencia podrían causarle enfermedades como una depresión infantil, ansiedad, problemas de alimentación y de sueño. ¿Y qué harían entonces los padres y las familias?
Está claro que el periodo de la educación infantil debería ser mucho más flexible. Y con esto no quiero decir que no haya escuelas que no lo sean, pero la gran mayoría de ellas siguen al pie de la letra los objetivos marcados, siendo buenos o no para los más pequeños. Parece que a algunos centros únicamente les importa no salirse en ningún momento del guión. Pero lo que es cierto, es que los centros educativos de infantil deberían ser un entorno lúdico, flexible, donde se fomentara las ganas de aprender a través del juego, la imaginación, la experimentación y la creatividad.
Es una pena como una etapa tan preciosa como es la educación infantil, se llene de estrés, agobios, desmotivación y poca emoción. La educación infantil no consiste en dar fichas a los niños para que ellos las resuelvan estando sentados en la silla sin moverse. Un niño tan pequeño no debería sentirse agobiado por aprender a sumar y a leer de forma obligada. La educación infantil es una etapa de descubrimiento, de convivencia, de experimentación, de autoconocimiento y de emociones. ¿Qué sentido tiene empezar a estresar a los niños en esta etapa?
Mel Elices Agudo
Asesora de formación para educadores, maestros y profesores. Consultora educativa para familias en melelices.com.
Alcalá de Henares, Madrid, España.



viernes, 8 de marzo de 2019

Decálogo para educar en la igualdad de género, por Victoria González.

Aunque la situación ha cambiado mucho en los últimos años, todavía queda un largo camino para llegar a la igualdad de género. La sociedad no espera lo mismo, ni ofrece idénticas oportunidades a hombres y a mujeres. Además, se valora de manera más positiva a quienes se ajustan a las expectativas y los roles dominantes.

Luchar contra la violencia de género es cosa de todos y visibilizar la condena a esta lacra social también. 

Algunos estudios han demostrado que los hombres que despliegan características “masculinas” y las mujeres que exhiben características “femeninas” reciben evaluaciones más positivas que quienes no lo hacen, según explica el informe de la campaña “Muévete por una educación de igualdad”, impulsada por Ayuda en Acción, Entreculturas e InteRed y apoyada por la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo.

Y es que no somos conscientes, pero todos tenemos muy arraigados algunos prejuicios y actitudes machistas que seguimos reproduciendo generación tras generación, seguramente porque es lo que hemos observado e interiorizado desde que éramos pequeñitos. Por eso, la educación es fundamental para romper con estos prejuicios. En casa, los padres son el ejemplo a seguir, y conviene reflexionar sobre los valores que se transmiten a los hijos. Para ello, es útil hacerse preguntas del tipo: ¿Quién toma las decisiones importantes en casa? ¿Cómo se organiza el reparto de tareas? ¿Cómo se resuelven los conflictos?

“Los adultos que rodean a los niños son una fuente de información constante, que es aceptada por ellos sin filtro ni cuestionamiento. De manera silenciosa, los niños y niñas integran todo lo que les llega y lo imitan”, explica Sergio Díez, coordinador de la Escuela de Filósofos de los Colegios Brains. Desde estos centros educativos se sugiere un decálogo de buenas prácticas para padres y profesores que puede ayudar a educar a los más pequeños y a prevenir la discriminación y la violencia de género:

 1. Observar y escuchar.

Es importante observar cómo se relacionan nuestros hijos con sus compañeros y compañeras, entender qué conceptos manejan.
 2. Desmontemos los prejuicios.

Cuando afirman algo categóricamente hay que responder con una pregunta: ¿por qué? Por ejemplo, si nuestro hijo nos dice que fregar es de mujeres, podemos preguntarle: “¿Por qué es de mujeres? ¿Los niños no tienen manos? ¿Por qué no van a saber fregar?”. Al tratar de razonar el prejuicio, éste acaba autodestruyéndose.

Además, recordemos la discriminación también se produce hacia el género masculino: todavía existe una percepción de  quelos niños deben ser más duros, mientras que las niñas son sensibles. Está peor visto y a muchos chicos se les ridiculiza por llorar, o por mostrar una mayor sensibilidad, y esos son prejuicios que también debemos esforzarnos por desmontar.
3. No se puede generalizar.

Debemos hacerles comprender que las generalizaciones conducen a error. Cada persona es única e irrepetible, y tiene virtudes, defectos y capacidades propias, independientemente de si es hombre o mujer.

Tenemos características propias que nos vienen dadas por nuestro sexo, pero esto no debería que implicar que tengamos distintas oportunidades o que se espere que nos comportemos de una forma u otra.

4. Implicar a los niños y niñas en las tareas del hogar.

Asignarles responsabilidades o actividades cotidianas que tradicionalmente han sido consideradas 'cosas de mujeres' o 'cosas de hombres'.

 5. Compartir la información, debatir con ellos.

Es bueno hablar con ellos de la información que reciben en la escuela, en la televisión, de sus amigos… así generamos el hábito de conversar y discutir ideas en casa y fomentamos en los niños el espíritu crítico. Además, nos ayuda a entender cómo son, qué ven, qué piensan y cómo se sienten.

 6. Comprender nuestras propias limitaciones en cuanto a género.

Hemos sido educados en una sociedad que, igual que hoy, pretendía asignar un rol a cada sexo, y por eso nosotros mismos, tanto hombres como mujeres, tenemos interiorizadas algunas actitudes discriminatorias. Es bueno mirarnos con ojo crítico y, de alguna manera, reeducarnos.

 7. Responde sus dudas.

Debemos procurar que el momento de la televisión lo compartan con nosotros, y tenemos que responder a cualquier pregunta que les surja respecto a aquello que están viendo, incluidas las aquellas sobre sexualidad o relaciones entre hombres y mujeres.

 8. Juegos “unisex”.

Muchos juegos tradicionales no necesitan herramientas, ni tienen roles definidos: el pañuelo, la gallinita ciega, el rescate... son divertidos, no entienden de género, ¡y no pasan de moda!

 9. Da ejemplo.

Ellos nos observan y son como esponjas: repiten nuestras palabras e imitan nuestros comportamientos. Ven cómo nos relacionamos con ellos, con nuestra pareja, con nosotros mismos, con el entorno familiar y con la sociedad. Los patrones de comportamiento se heredan, y no es sencillo desligarse de esta influencia familiar. Evitemos roles, tópicos, lugares comunes respecto al género, y dejemos que vayan creando sus propias opiniones desde el respeto y la empatía por lo diferente.

10. El aprendizaje nunca se acaba.

Para enseñar hábitos, debemos ser nuestra mejor versión posible. Y para ello tenemos que desaprender, criticarnos, ver y comprender la realidad de nuestro entorno y cambiar lo que no funciona.

Fuentes: Escuela de Filósofos de los Colegios Brains y campaña “Muévete por la Igualdad” de Ayuda en Acción, Entreculturas e InteRed y Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo.