jueves, 18 de octubre de 2018

Las tácticas de un profesor para que los niños hagan deberes sin discutir. POR LAURA PERAITA (ABC)


Óscar González, director de Alianza Educativa, explica cómo lograr que los deberes sean responsabilidad de los hijos, no de los padres


Óscar González, profesor de Educación Primaria, director de Alianza Educativa y director general de la Escuela de Padres con talento, explica que lo primero que hay que tener en cuenta es la etapa educativa en la que se encuentra el niño, no es lo mismo que curse Infantil que Primaria. Explica que, en ocasiones, el niño que empieza el colegio por primera vez requiere un periodo de adaptación que puede ser más o menos largo porque para él supone un cambio muy grande.Conseguir que un niño se siente a hacer sus deberes en casa resulta en ocasiones un verdadero reto diario. Los padres lo intentan por las buenas, por las menos buenas y por las malas..., pero no hay manera, y una tarde que podría presentarse tranquila acaba con discusiones, enfados, gritos y castigos. Pero, ¿hay otras alternativas?
«También lo es, aunque no seamos muy conscientes de ello, el paso de Infantil a Primaria, puesto que el aprendizaje deja de basarse únicamente en el juego; ahora deberá realizar fichas, deberes... Hay alumnos que inician esta etapa con mucha motivación, pero a otros les supone un gran esfuerzo —confiesa—. Les será más fácil a aquellos cuyos padres les hayan motivado e insistido en que se hacen mayores y tendrán nuevas responsabilidades con las que aprenderán muchas cosas importantes. Es necesario explicarles que tendrán que hacer tareas y, aunque no las tenga, si durante 10 minutos se trabaja cada día en casa una determinada tarea como letras, números..., ellos lo tomarán como un hábito que les servirá de gran ayuda para su futuro».
Si son alumnos de sexto de Primaria y no quieren sentarse a hacer deberes, la situación será más complicada para las familias. «El problema es que muchos padres se sientan a hacer los deberes todos los días con los hijos, e incluso se los hacen. Es un error. Muchos padres dicen “venga que tenemos deberes”. No, eso no es así; los deberes son de los hijos, son su responsabilidad. Los padres deben motivarles para que se sienten a hacerlos y cuando tengan alguna duda se pueden acercar y ayudarles a resolverla. De lo contrario, se acostumbran a tener a sus padres siempre al lado y que les hagan las tareas y se negarán a hacerlas si no están juntos».
Óscar González recomienda que cuando no quieran sentarse hay que decirles que no les pondremos un castigo, pero tendrá que saber que hay consecuencias. Es decir, si no hace los ejercicios de matemáticas después no podrá ver la televisión o jugar. El niño es el que tendrá que decidir sobre sus propios actos. Si los hace, podrá ver la tele y si no cumple no se habrá ganado el derecho a ver los dibujos.
Además, habrá que explicarle que si no los hace, también tendrá que asumir las consecuencias al día siguiente, cuando el profesor vea su cuaderno sin hacer. «Si hay dificultades en que el niño haga sus tareas es muy conveniente que la familia tenga una buena comunicación con el profesor para explicarle la situación en casa y que conjuntamente trabajen en la misma dirección para que el niño sea consciente de sus responsabilidades antes de que avance más el curso y el problema se agrave».
Otra buena táctica, en el caso de los niños que se eternizan con las tareas, es dejarle un tiempo definido en casa para los deberes, en función de su edad. Si se le deja, por ejemplo, media hora, pasado ese tiempo se le debe retirar todo el material escolar. Es una forma de, poco a poco, lograr que se concentre y aproveche su tiempo en vez de distraerse con cualquier cosa mientras hace una suma. Al día siguiente, él tendrá que asumir sus consecuencias en clase cuando el profesor vea que no ha realizado algunas operaciones en su cuaderno. «Igual que no se le puede dejar un par de horas con el plato delante a la hora de comer, tampoco se le puede permitir que esté tiempo excesivo con los deberes», apunta González.

«La señorita no me lo ha explicado así»

Hay también padres que se desesperan porque cuando explican, por ejemplo una operación matemática, el niño se enfada diciendo «eso no es así, la señorita no me lo ha explicado así». Cuando eso ocurra de forma muy repetida, y en los casos en los que lograr que se siente a estudiar sea un verdadero problema y foco de discusión diario, es recomendable, en la medida de las posibilidades, que lo intente una tercera persona o, incluso, un profesor particular, al que seguro que respetará.
Lo importante, incide este profesor de primaria, es no sobreproteger al niño con el objetivo de evitar discusiones y no hacerle nunca los deberes. Por todo ello recuerda que:
—No hay que olvidar que los responsables de los deberes son siempre los hijos, no los padres.
—Si se eternizan es conveniente que hagan unas pequeñas pausas entre tarea y tarea para emprenderlas de nuevo con más ganas.
—Siempre realizar los deberes en la misma mesa de trabajo y, si puede ser, a la misma hora, para que se convierta en una rutina lejos de distracciones.
—Si le cuesta mucho una materia determinada hay que empezar por ella porque dejarla para el final será un error, ya que estará más cansado y con menos ganas.

—No olvidar que los niños son niños y, por ello, tratan de evitar responsabilidades. Es lo normal. Los padres deben resaltarles de forma positiva su esfuerzo, no ya que hayan hecho la tarea, que pueden haberla hecho mejor o peor, pero sí el hecho de terminarla.

martes, 9 de octubre de 2018

Esto es lo que le pasa a tu hijo si fuerzas su aprendizaje sin estar preparado. POR DIANA OLIVER.



Los expertos aconsejan respetar los hitos evolutivos de los menores.

Las primeras veces son un principio, pero también un final: son el cierre de una etapa que anuncia la ineludible llegada de la siguiente. Desde el nacimiento de nuestros hijos celebramos cada logro y cada habilidad adquirida con ese entusiasmo y esa magia que solo nos devuelven las primeras veces. Lo contamos, lo inmortalizamos y lo ensalzamos con orgullo porque nuestro retoño ha alcanzado un grado más de autonomía. Pero, dado que no hay dos niños iguales, es importante respetar el ritmo evolutivo de cada uno. Dejar que cada pieza encaje cuando llegue el momento. En este sentido, Alberto Soler, psicólogo especializado en crianza, explica a El País que debemos tener en cuenta una matización importante: “Si bien es cierto que en el lenguaje coloquial hablamos de “aprender a gatear”, “aprender a andar”, “aprender a hacer pipí” o “aprender a hablar”, esto no son aprendizajes como ir en bicicleta, aprender un idioma o tocar un instrumento, sino que son más bien adquisiciones o logros a los que se llega cuando el niño está listo. Como dice un proverbio hindú, no por estirar la hierba esta crece más rápido”.

Qué es el respeto a los hitos evolutivos.

¿Todavía no anda? ¿Aún no habla? ¿Cuándo va a dejar el pañal? Son las cuestiones que todos los padres escuchamos en algún momento con respecto a nuestros hijos. Incluso puede que nosotros mismos nos planteemos estas y otras preguntas similares. Tendemos a comparar con nuestro entorno conocido y eso hace que muchas veces las prisas y las dudas nos asalten. Dejamos de disfrutar de cada etapa consumidos por el deseo de pasar a la siguiente. Asegura Alberto Soler que los momentos de adquisición de logros evolutivos tienen un margen bastante amplio, por lo que incide en que para asegurarnos de que respetamos el ritmo de cada niño debemos mantener una actitud expectante y de observación: “Cuando son capaces de hacer algo, ellos son los primeros interesados, no es necesario forzar nada”.
Cuando hablamos de respetar los hitos evolutivos hablamos de no forzar a los niños a mostrar conductas o habilidades para las que todavía no están preparados. De acompañar sin presionar. Según Alberto Soler sería como esperar que un bebé de seis meses controlara esfínteres o comenzara a caminar: no está preparado para ello. “Ahí lo vemos muy claro, porque sabemos que es imposible, pero por ejemplo luego es muy frecuente forzar la retirada del pañal durante el primer verano después de cumplir los dos años, olvidando que cada niño sigue un ritmo distinto. Habrá alguno que ya esté listo en ese momento, pero muchos otros que no lo estén”.
El psicólogo valenciano deja claro que nada tiene que ver el respeto por el ritmo de desarrollo con un contexto de “ausencia de límites”, algo que en muchas ocasiones puede salir a colación. “Si queremos que ellos respeten, también debemos respetar nosotros, y quizá podemos empezar por ahí: respetar los límites que su cuerpo nos marca, no forzándoles a hacer cosas para las que todavía no están listos”, explica. No obstante, añade que es importante recordar que los límites son imprescindibles en la educación de los niños: “Un hogar sin límites genera ansiedad en los niños y probablemente no sería seguro, contribuyendo a una baja autoestima y sensación de falta de seguridad. Límites claros y respeto al proceso de desarrollo deben ir de la mano”.

Señales de alarma.

Los hitos evolutivos de la infancia no podemos elegirlos. Tampoco decidir cuándo van a aparecer o cómo van a hacerlo. Señala Manuel Antonio Fernández, neuropediatra y autor de diversas guías para padres sobre trastornos del aprendizaje y del desarrollo, que los hitos evolutivos corresponden al desarrollo madurativo del cerebro y sobre la base de esto, “todos los niños deben cumplir los hitos madurativos de una forma razonable con relación al tiempo y al modo para poder conseguir un desarrollo dentro de la normalidad”. Para el experto es importante conocer cuáles son esos hitos evolutivos del desarrollo infantil, en qué orden y cuándo aparecen. Lo resume dividiéndolos en dos grandes grupos: el del desarrollo motor, que contiene el sostén cefálico (aguantar la cabeza), y que es habitual alrededor de los tres meses; la sedestación (mantenerse sentado), que suele darse alrededor de los seis meses; la bipedestación (ponerse de pie), ocurre sobre los nueve meses; la marcha con ayuda (andar de la mano o apoyado), generalmente aparece a partir del año; la marcha libre (andar sin ningún tipo de ayuda), aunque es más variable, entre los 12 y los 15 meses es lo normal; y la carrera, frecuentemente se alcanza alrededor de los 18 meses de edad. Y por otro lado el del desarrollo cognitivo, que engloba el lenguaje (“Desde los primeros meses aparecen sonidos que van evolucionando. Alrededor del año empiezan los primeros bisílabos y la variedad de vocabulario va creciendo progresivamente. Sobre los tres años los niños comienzan a usar el verbo para crear frases más complejas”); y el control de esfínteres. En este último influyen, según el autor de elneuropediatra.es, muchos factores y muy variados, pero se considera normal que un niño no controle bien el pis hasta los cinco años.
¿Cómo podemos saber si el desarrollo de nuestro hijo está dentro de la normalidad? ¿Hay señales que puedan dar la voz de alarma? La mejor opción para el neuropediatra Manuel Antonio Fernández es medir y comparar. “Por mucho que digan que las comparaciones son odiosas, son necesarias en pediatría. La normalidad se basa en ver la situación de cualquier niño con los demás de su edad. Por eso hay escalas y se realizan controles de salud infantil, para ver si hay algo que se sale de lo que es habitual para una determinada edad”, explica.
La detección de cualquier anomalía en el desarrollo infantil supone una oportunidad para evitar su evolución. Por ello, para el experto en neuropediatría es fundamental que las familias conozcan los hitos evolutivos del desarrollo infantil pero también que los sistemas de salud cuenten con pediatras y neuropediatras experimentados que puedan seguir el correcto desarrollo de los niños. “Ante la sospecha de que nuestro hijo pueda tener algún problema de desarrollo se debe consultar con el pediatra de atención primaria. Si después de valorar el caso, se considera que hay datos suficientes para determinar un problema en el desarrollo, el segundo paso es la derivación a atención temprana que son los que se ocupan de valorar el nivel de desarrollo de los niños con dificultades de cualquier tipo y establecer medidas de intervención para ayudarles a avanzar. Independientemente de la causa del problema, y aunque esta no se sepa, la atención temprana precoz es la mejor vía para ayudar a los niños en su desarrollo madurativo mientras se realizan las pruebas necesarias”.

Los riesgos de forzar el aprendizaje cuando el niño no está preparado.

Cuando le planteamos a Alberto Soler acerca de las consecuencias de forzar las capacidades madurativas, nos recuerda a la pediatra húngara Emmie Pickler, referencia en la investigación de la intervención adulta en el desarrollo motor del niño: ”Hemos de enseñarle tantas cosas, cosas que solo puede aprender de nosotros, a través de nosotros. Pero resulta inútil, y hasta desventajoso, enseñarle a sentarse sentándole, a ponerse de pie poniéndole de pie, etc. cosas que él puede aprender por sí mismo, por su propia iniciativa, con una mejor calidad, mediante tentativas cargadas de sensibilidad, de aprendizaje que habría influido favorablemente en todo su desarrollo”.
Para el psicólogo especializado en crianza, “si forzamos a un niño a realizar una determinada conducta para la que no está preparado solo lograremos que se sienta frustrado y que sienta mayor dependencia hacia nosotros, al considerar que sin nuestra ayuda habría sido incapaz de hacerlo por sí mismo. Y es verdad, no lo habría logrado todavía”. Esto, para Soler, repercute negativamente en su autoestima, e incluso en ciertos procesos como, por ejemplo, el control de esfínteres, que puede tener consecuencias adversas para la salud.
Cada vez son más frecuentes las consultas relacionadas con problemas por la presión en el desarrollo infantil que llegan al centro del neuropediatra Manuel Antonio Fernández. “El sistema educativo actual se empeña en hacer que los niños comiencen a leer y escribir en cursos anteriores a los que lo hicimos en la década de los 80. Esto lleva a que nos consulten padres cuyos hijos no están siendo capaces de aprender a leer o escribir con tan solo cinco años. En la mayoría de estos casos los niños no tienen ningún problema”, explica.
Para Fernández, si forzamos a todos los niños a llegar a un límite muy alto, “más alto de lo que está previsto en un desarrollo normal”, tendremos problemas: “Consideraremos anormal algo que no lo es. Haremos que padres y niños consideren su situación como patológica cuando realmente no lo es. Esto conlleva un elevado nivel de estrés para las familias, que quieren que sus hijos sean capaces de lograr todos sus objetivos como los demás niños. Los niños empiezan a sentirse diferentes, con problemas. Además, se frustran y empiezan a sentir rechazo por el aprendizaje”.
Concluye con el mensaje claro de que debemos ser conscientes de que no todo vale por conseguir resultados: “Los niños necesitan su tiempo, el tiempo normal para desarrollarse con completa normalidad, valga la redundancia”.

jueves, 4 de octubre de 2018

EL VALOR DEL ESFUERZO

Nada regalan en la vida, la suerte no existe, solo el esfuerzo y el trabajo. Así es, o así debería ser siempre. Nuestra sociedad nos ha creado el falso sueño de que saliendo en los medios de comunicación, inventando un personaje o una estrategia, podemos ser ricos y famosos en un momento. Con todo eso, lamentablemente hemos perdido el valor del esfuerzo, ya no creemos en él.

Pensamos que ganarse la vida con esfuerzo día a día es una estupidez, y soñamos con una lotería basada en la mentira, en el engaño o en la falta de respeto hacia nosotros mismos o hacia los demás. Muchos quieren ese minuto de gloria que les haga conseguirlo todo en un momento, conseguir cosas materiales…


Queremos todo a corto plazo porque lo saboreamos más rápido, pero bien es cierto que los grandes éxitos se van cultivando con el paso del tiempo.

“Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total, es una victoria completa”.

-Mahatma Gandhi-

El esfuerzo es dignidad
Los grandes hombres y las grandes mujeres son aquellos que se esfuerzan sin descanso. Son los que pasan su vida encerrados en un laboratorio buscando un descubrimiento que ayude a la humanidad. Esos panaderos que se levantan antes que el sol para ofrecernos “el pan nuestro de cada día”. O esos médicos que deciden cruzar fronteras para ayudar a los demás.

Esos reporteros que arriesgan su vida para ofrecer testimonio de lo que ocurre al otro lado del mundo; los profesores que dedican su vida al estudio y ofrecen sus conocimientos a los demás; esas mamás que cada día hacen de enfermera, de psicóloga o de amiga con sus hijos. Todas esas personas que se levantan cada día dando gracias por tener un trabajo y ganarse el pan “con el sudor de su frente”. Esos son los grandes hombres y mujeres.

Médico que simboliza el valor del esfuerzo


No nos engañemos, el esfuerzo es dignidad, es intentar hacer las cosas mejor con una sonrisa, con ganas de seguir luchando día a día, hora a hora y minuto a minuto, por conseguir nuestros sueños; el ser consciente de los errores que cometemos y buscar alternativas, aunque ese día hayamos trabajado el doble, eso es dignidad y esfuerzo.

No queramos, no soñemos con imitar a esos personajillos; no le enseñemos a nuestros hijos que las cosas se consiguen fácilmente, porque todo tiene un precio, y aprender que todo se consigue con el esfuerzo es una de las grandes enseñanzas que podemos recibir cuando somos pequeños.


El esfuerzo es como el cultivo de una semilla, que con el paso del tiempo hay que regar y cuidar, para que en el momento adecuado nos de sus frutos. El esfuerzo es amigo de la motivación y la constancia, no de la pereza y el desinterés.

¿Cómo educar en el valor del esfuerzo?
El esfuerzo es un valor que no viene de nacimiento, sino que los padres y madres tienen que enseñar a sus hijos, ya que necesita de un entrenamiento, el cual consiste en la creación de hábitos y responsabilidades, a través de la constancia.

Madre jugando con su hijo enseñándole el valor del esfuerzo
El valor del esfuerzo en la formación de una persona es esencial. Al enseñarlo, se transmiten además otros valores primordiales como la fortaleza, la paciencia, la tolerancia o la generosidad. Y se elimina la idea equivocada, de que todo llega sin hacer nada.

En esta complicada sociedad que aboga por lo contrario. ¿Cómo podemos inculcar el valor del esfuerzo?

No le hagas todo a tus hijos. Déjalos que tomen responsabilidades acordes con su edad. Si se empieza por enseñarle a esforzarse en cosas pequeñas, serán capaces de hacerlo más adelante, ante las grandes dificultades que la vida les deparará.
Enséñale con el ejemplo. A veces, las acciones son más importantes que las palabras.
Ayúdale a marcar metas realistas.
El sufrimiento es necesario. No críes a tu hijo entre algodones. Aprender que el sufrimiento y la frustración forman parte de la vida los hará más maduros emocionalmente.
Ayúdale a vencer la impaciencia.
Dialoga con tu hijo y explícale los porqués. Seguramente entenderán muchas cosas sobre el valor del esfuerzo si los ayudas con tus palabras.

“La calidad nunca es un accidente; siempre es el resultado de un esfuerzo de la inteligencia”.

–John Ruskin-

viernes, 28 de septiembre de 2018

LAS EMOCIONES SÍ IMPORTAN A LA HORA DE APRENDER. Por Marta Grañó.

La ciencia ha demostrado que el cerebro humano es plástico. El cerebro humano se adapta a la actividad que la persona realiza y puede cambiar su estructura de forma visible. El cerebro se va esculpiendo a lo largo de la vida con lo que la persona siente, piensa y hace. Y esta plasticidad del cerebro es especialmente importante en los primeros años de vida.
Uno de los grandes estímulos de realizar un trabajo de doctorado es  poder analizar estudios realizados en diversas ramas científicas. Aportan resultados que pueden resultar sorprendentes, como el que expongo: en educación las emociones sí importan.
El cariño puede acelerar el crecimiento del cerebro. El afecto hacia los niños puede determinar de manera muy significativa su desarrollo. Y si la actitud afectiva influye en la formación del cerebro, es un aspecto que la educación debe tener en cuenta.
Resulta más importante el modo de educar en los primeros años de vida que en etapas posteriores. Los primeros años de vida de los niños van a ser decisivos para determinar su futuro. La educación que reciban en este período va a ser vital. Y debemos recordar que la educación la reciben a través de una doble vía: la educación formal en la escuela y la educación no formal en su entorno directo, básicamente la familia.
Desde la neurociencia y desde la economía de la educación, me permito destacar dos aspectos de la educación no formal que resultan determinantes en el desarrollo de una persona.
El cariño influye en el desarrollo del hipocampo
La neurociencia nos ha mostrado que el cerebro es un órgano plástico y moldeable. La interacción de los adultos con los niños y el cariño que se les dedica es determinante en el desarrollo de su cerebro.
El profesor de neurobiología de la Universidad McGill Michael Meaney demostró, con sus investigaciones, cómo influye el cuidado de las madres en el cerebro de sus crías. El experimentó se realizó con ratas. Las madres ratas que lamían más a sus crías provocaban cambios en ellas que se traducían en la generación de más neuronas y en un mayor desarrollo de la parte del cerebro que regula la memoria o el aprendizaje (hipocampo).
Lo mismo se demostró unos años más tarde con humanos en un estudio llevado a cabo en por la Dra. Joan Luby en la Universidad de Washington, demostrando la influencia que tiene el cariño en el desarrollo del cerebro humano.
Es la denominada plasticidad cerebral y pone de manifiesto la capacidad del cerebro de cambiar según la experiencia vivida.
El cariño puede acelerar el crecimiento del cerebro. Por ello, más allá de contenidos académicos tradicionales, de enseñar a leer, de enseñar a sumar y restar… las investigaciones nos muestran que el afecto es un instrumento enormemente poderoso en el desarrollo cerebral y cognitivo de los niños.
La familia influye en el desarrollo del lenguaje
Otra prueba de cómo afecta el entorno del niño en su educación nos la ofrecen los estudios de James Heckman, premio Nobel de Economía del año 2000, sobre la calidad del ambiente educativo familiar.
Entre sus múltiples trabajos, encontramos un estudio sobre la influencia de la calidad educativa en la familia. Heckman ha proclamado siempre que la primera causa de desigualdad entre las personas la constituye el “accidente del nacimiento”. Nacer en una determinada familia condiciona enormemente el futuro de un niño. Y dentro de sus investigaciones, ha demostrado que un niño que crece en una familia con padres con formación universitaria escucha de media 2.153 palabras por hora. Un niño con unos padres con la formación obligatoria escucha un promedio de 616 palabras por hora.
El impacto del tiempo pasado con los niños, así como el lenguaje que escuchan van a incidir como factor que facilitará en mayor o menor medida su formación. La habilidad en la comunicación y el modo de desarrollar el lenguaje del niño está enormemente influida por su entorno. Y aunque en el aula todos los niños escuchan lo mismo, fuera del aula las diferencias son significativas.
Son tan solo dos ejemplos de cómo la educación va más allá de los contenidos académicos –a los cuales no niego su razón de ser-. Sabemos, como sociedad, que existen otros aspectos que pueden llegar a ser muy  determinantes en el futuro de los niños. El hecho de que el cerebro sea plástico tiene implicaciones educativas. Las emociones son reacciones que contribuyen al desarrollo de la persona.
Por ello… las emociones importan
La Fundación Botín desarrolló, en 2008, un análisis internacional muy completo sobre educación emocional. Sus conclusiones fueron claras: la educación emocional afecta al desarrollo de los alumnos, ya que incentiva su motivación, predispone a actitudes más positivas, mejoran sus relaciones y obtienen mejores resultados académicos.
Para conseguir que un niño crezca, en toda la dimensión de la palabra, no basta con la adquisición de conocimientos. Generar un clima emocional positivo también va a influir en su desarrollo. Porque no hablamos de utopías, hablamos de aspectos físicos cuantificables en nuestro cerebro. Si la educación debe ser un proceso de aprendizaje para la vida, las emociones sí importan.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Niños complacientes: no es oro todo lo que reluce. POR CAROLINA PINEDO.



Un entorno demasiado exigente, la baja autoestima y el miedo al rechazo social, causas para que un niño sobrepase los límites sanos de la complacencia.

La idea del hijo perfecto resulta una utopía que puede crear más de una frustración. Ese anhelo puede ser el caldo de cultivo para crear un niño demasiado complaciente o “centrado en las demandas externas y desconectado de sus propios deseos y necesidades, porque está volcado en cumplir lo que se espera de él y tiene dificultades para decir no”, explica Tristana Suárez, psicóloga clínica e infantil y terapeuta Gestalt.

Un niño complaciente puede dar la primera impresión de ser tratable y educado, pero tras el telón, la realidad es distinta porque “antepone a los demás a sí mismo y por lo tanto reprime gran parte de sus emociones, sobre todo las negativas o que provocan rechazo social, como la rabia, la angustia o la tristeza” aclara Tristana Suárez.
Otros rasgos que definen el perfil de un niño complaciente son que “suelen ser tímidos, y prefieren rehuir los conflictos a afrontarlos con valentía. Por otro lado, hay que tener en cuenta que muchos de estos niños mantienen su actitud de excesiva complacencia debido a la inyección de apoyo de esa actitud que les aportamos los adultos al decirles que son muy buenos y obedientes”, comenta Iván Carabaño, médico adjunto del servicio de pediatría en el Hospital Universitario 12 de Octubre de Madrid.
Pero, ¿cuál es la diferencia entre una complacencia infantil sana y otra que esconde cuestiones psicológicas que crean en el niño frustración e infelicidad? “Los niños amables alternan el comportamiento complaciente con la expresión de sus gustos y preferencias. Se diferencia de una actitud pasiva, con la que dejan que los demás elijan y opinen por ellos”, aclara Carabaño.

Caldo de cultivo para los niños complacientes.
El ambiente en el que se desenvuelve un niño condiciona el hecho de que se convierta en una persona demasiado complaciente, como en el caso de “los entornos muy exigentes o las familias en las que los adultos están sobrepasados por sus circunstancias vitales y no gestionan de manera equilibrada sus responsabilidades. También es frecuente que, ante el sufrimiento de los padres, los niños complacientes adopten una conducta protectora hacia ellos, como si se dijeran, yo no voy a darte más problemas de los que ya tienes” explica la psicóloga Tristana Suárez.
Otros factores que influyen para que un niño sea demasiado complaciente son:
La baja autoestima. El niño/a intenta agradar y recibir elogios con su conducta para compensar sus sentimientos de resultar inadecuado.
La intolerancia a la frustración y las críticas. Por ello no soportan los fallos que pongan en entredicho su baja autoestima frente a terceros.
El exceso de exigencia por temor a decepcionar a unos padres que depositan demasiadas expectativas en sus hijos.
El miedo al rechazo social también favorece la aparición de comportamientos demasiado complacientes en los hijos, como en el caso de niños que han sufrido acoso o exclusión, son muy tímidos, temen los conflictos y se adaptan al medio social hasta convertirse en invisibles, a costa de hacer todo lo que se les pide para ser aceptados.
Los proyectos frustrados de los padres suelen estar detrás de un niño que trata de complacer, a costa de negarse a sí mismo. Como en el caso de aprender a tocar un instrumento que no le motiva o cursar estudios inacabados de los progenitores.
Padres que cargan a sus hijos con sus inseguridades para compensar sus propios sentimientos de inferioridad. Educan a sus hijos para alimentar su orgullo y así anulan la personalidad real de los niños.
Una vez que se detecta que el niño es demasiado complaciente porque detrás hay cuestiones psicológicas por resolver, ¿qué pueden hacer los padres para ayudar a su hijo a superar la situación? El pediatra Iván Carabaño aconseja:
  • Animar a los hijos a que expresen sin miedo sus preferencias y que las defiendan con respeto y sentido común.
  • Evitar tachar de desobedientes a los hijos por expresar una opinión diferente de la de los padres.
  • Motivar a los niños para que sean comunicativos con su mundo interior. Evitar el mutismo y el autoritarismo excesivo.
  • Plantear la vida en familia como una democracia, donde los hijos tengan derecho a expresarse.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Los niños aprenden imitándote. POR MARTA DORMAL.



El cariño y respeto son habilidades que se aprenden desde la primera infancia y que se rentabilizan en la vida adulta.

Los niños veían la televisión. La pantalla mostraba una película en la que un hombre golpeaba y daba patadas a una muñeca llamada Bobo. Tras esas imágenes, se les entregó a los pequeños una muñeca similar y ellos reprodujeron el mismo comportamiento violento que habían visto. Corría el año 1963 y todo era parte de un experimento que ayudó al célebre psicólogo canadiense Albert Bandura a formular la teoría del aprendizaje social, una de las más influyentes a la hora de explicar la importancia de la observación en el proceso de aprendizaje. Hoy en día, nadie duda de que los niños aprenden comportamientos observando e imitando a los demás y por ello vigilamos que las películas que ven sean las adecuadas para su edad, exigimos horarios infantiles en la televisión o ponemos controles parentales a los dispositivos electrónicos. Pero, como padres y cuidadores, ¿hacemos algo con nosotros mismos?
 “¡No seas bobo, si bajas las escaleras así te vas a acabar cayendo!”. “¡Qué desordenado eres! Recoge ya tus juguetes”. Comentarios como estos, que buscan reforzar guías de comportamiento o de seguridad en los niños, son más habituales de lo deseado, aunque sabemos que hay que tratar de controlarlos; cada vez somos más conscientes de que las críticas de los padres y cuidadores desempeñan un papel fundamental en el desarrollo socioemocional de los niños. Sin embargo, no se trata solo de las críticas de los adultos hacia los niños, sino de los adultos hacia sí mismos (“¡Seré tonta, me he vuelto a olvidar de comprar los pañales!”) que, aunque no vayan dirigidas a ellos, son mucho más habituales e igualmente nocivas, de acuerdo con los expertos.
Diversas publicaciones sostienen que los niños expuestos a este tipo de situaciones tienden a interiorizar las críticas de los adultos y asumen que la autocrítica es una herramienta útil y que motiva a mejorar. En la vida adulta, muchos de estos niños llegan a ser hipercríticos consigo mismos, lo que les puede llevar a generar ansiedad o a padecer depresión.
La autocompasión no siempre está bien vista en la sociedad occidental y, sin embargo, es muy beneficiosa para un adecuado desarrollo emocional
Una buena forma de evitar que los niños sean excesivamente autocríticos es modelar la autocompasión en su presencia. Ello implica ser capaz de reconocer las propias limitaciones de una manera muy clara y compasiva para evitar transmitir la idea de que la autocrítica es una respuesta adecuada cuando se comete un error (“¡Me olvidé de comprar pañales y casi no tenemos. No me extraña, he estado tan ocupada hoy!”). Esto no solo muestra a los niños que errar es de humanos, sino que ayuda al cuidador a manejar mejor las frustraciones y dificultades.
Sin embargo, la autocompasión no es una cualidad tradicionalmente considerada positiva en la cultura occidental. Es más, suele ser vista como una forma de justificarse a uno mismo y de sentirse mejor buscando excusas para los propios errores. Nada más lejos de la realidad. Kristin Neff, doctora en la universidad de Austin, Texas, y experta en investigaciones sobre la autocompasión explica en una publicación que el ser capaz de compadecerse de uno mismo tiene efectos muy beneficiosos más allá de mejorar nuestro bienestar emocional: puede mejorar de forma drástica nuestras prácticas de crianza infantil así como el desarrollo emocional de los niños, que nos toman como sus modelos de referencia.
Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. La crianza es un trabajo estresante y hay muchas ocasiones en que se reacciona más con el impulso que con la razón, lo que requiere grandes dosis de autocontrol. El Centro para el Desarrollo Infantilde la Universidad de Harvard está desarrollando diversas iniciativas para entrenar a cuidadores de bajos ingresos económicos en estas funciones ejecutivas y de autorregulación de acuerdo con las situaciones en las cuales van a ser usadas. Entre ellas, la intervención llamada Ready4Routines (Listos para las rutinas) que se está aplicando en la actualidad en Estados Unidos y Canadá, se centra en que tanto padres como hijos las incorporen a sus rutinas familiares.
Los padres asisten a un número de sesiones, entre ocho y 12, en las que reciben formación en conceptos tales como concienciación, planificación previa y reflexión y se les entregan una serie de tarjetas de actividades para que las practiquen en casa junto con el niño en diversos momentos de la vida familiar, como al ir a la cama o a la hora del baño. Padres e hijos trabajan juntos para planear y llevar a cabo esas rutinas. Esto, por un lado, ayuda a los padres a desarrollar habilidades de “paternidad consciente”(mindful parenting), es decir, a sacar el máximo provecho de las oportunidades en que se desarrollan las interacciones entre padre e hijo estando totalmente presente; por el otro lado, las rutinas constantes en el tiempo proporcionan a los hijos un sentido de seguridad y consistencia necesario para un desarrollo adecuado.
Mientras estas intervenciones se centran en un amplio abanico de capacidades que pueden ayudar a los padres y cuidadores a ejercer mejor sus funciones, la autocompasión implica reconocer que ser imperfecto, equivocarse y tener dificultades es algo inevitable. Ser capaz de autocompadecerse es una habilidad beneficiosa no solo para los adultos, sino para los niños al mejorar sus habilidades emocionales a largo plazo. En cambio, autoflagelarse con autocríticas aumenta el estrés y la ansiedad y manda mensajes erróneos a los niños, que aprenden observando e imitando los comportamientos de los adultos.
Marta Dormal es consultora en desarrollo infantil temprano en la división de Salud y Protección Social del Banco Interamericano de Desarrollo.