viernes, 23 de noviembre de 2018

El valor de enseñar a los niños a decir “gracias”, “por favor” o “buenos días”. POR VALERIA SABATER.

Transmitir a los niños la importancia de dar las gracias, de “pedir por favor” o de decir “buenos días” o “buenas tardes”, va más allá de un simple acto de cortesía. Estamos invirtiendo en emociones, en valores sociales, y ante todo, en reciprocidad.
Para crear una sociedad basada en el respeto mutuo, en la que el civismo y la consideración marquen la diferencia, es necesario invertir en esas pequeñas costumbres sociales, a las que a veces, no prestamos la importancia que merecen. Porque la convivencia se basa al fin y al cabo en la armonía, en esas interacciones de calidad basadas en la tolerancia donde todo niño debería iniciarse desde una edad temprana.
Soy de la generación del gracias, del por favor y del buenos días, de la misma que no duda en decir un “lo siento” cuando es necesario. Cualidades todas ellas que no dudo en transmitir en mis hijos, porque educar en respeto es educar con amor.
Un error en el que suelen caer muchas familias es en iniciar a los niños en estas normas de cortesía cuando los más pequeños empiezan a hablar. Ahora bien, es interesante saber que el “cerebro social” de un bebé es tremendamente receptivo a cualquier estímulo, al tono de voz e incluso a las expresiones faciales de su padre y su madre.
Lo creamos o no, podemos educar a un niño en valores desde edades muy tempranas. Sus aptitudes son casi insospechadas y hemos de aprovechar esa gran sensibilidad en materia emocional. Te hablamos de ello.
niña-jugando-con-su-padre-al-método-Montessori

Dar las gracias, un arma de poder en el cerebro infantil

Los neurocientíficos nos recuerdan que el sistema neuronal  de un niño está programado genéticamente para “conectarse” con los demás. Es algo mágico e intenso. Incluso las actividades más rutinarias como alimentarlos, bañarlos o vestirles se convierten en improntas cerebrales que prefiguran en un sentido u otro la respuesta emocional que tendrá ese niño en el futuro.
El diseño de nuestros cerebros, por así decirlo, nos hace sentirnos inexorablemente atraídos a su vez por otros cerebros, por las interacciones de todos aquellos que están a nuestro alrededor. Así pues, un niño que es tratado con respeto y que desde una edad temprana se ha acostumbrado a escuchar la palabra “gracias”, entenderá rápidamente que está ante un refuerzo positivo de gran poder y, que sin duda, irá desentrañando poco a poco.
Es muy probable que un niño de 3 años al que su padre y su madre han enseñado a decir gracias, por favor o buenos días, no comprenda muy bien aún el valor de la reciprocidad y del respeto que impregnan estas palabras. No obstante, todo ello crea un adecuado y maravilloso sustrato para que después las raíces fuertes y profundas.
Al fin y al cabo, la edad mágica comprendida entre los 2 y los 7 años, es la que Piaget denominaba como “estadio de inteligencia intuitiva”. Es aquí donde los pequeños, a pesar de estar supeditados al mundo del adulto, van a ir despertándose progresivamente al sentido del respeto, a intuir ese universo que va más allá de las propias necesidades para descubrir la empatía, el sentido de la justicia y por supuesto, la reciprocidad.
madre e hija

La reciprocidad, un valor social de peso

Cuando un niño descubre por fin lo que sucede en sus contextos más próximos cuando pide las cosas por favor y las concluye con un gracias, ya nada va a ser igual. Hasta el momento, lo llevaba a cabo como una norma prosocial pautada por los adultos, algo que le confería refuerzos positivos por su buen comportamiento.
“La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”
-Paulo Freire-
No obstante, tarde o temprano experimentará el auténtico efecto de tratar con respeto a un igual, y cómo esa acción revierte a su vez en él o en ella misma. Es algo excepcional, una conducta que le habrá de acompañar para siempre, porque tratar con respeto a los demás es también respetarse a uno mismo, es actuar de acuerdo a unos valores y un sentido de convivencia basado en un pilar social y emocional de peso: la reciprocidad.
Niñas jugando
Será sobre los 7 años cuando nuestros hijos descubran plenamente todos estos valores que conforman su inteligencia social. Es ese instante en que empiezan a dar más importancia a la amistad, a saber lo que implica esa responsabilidad afectiva, a entender y disfrutar de la colaboración, atendiendo necesidades ajenas e intereses diferentes a los propios.
Es sin duda una edad maravillosa donde todo adulto debe tener muy presente un aspecto esencial: debemos seguir siendo el mejor ejemplopara nuestros hijos. Ahora bien, la pregunta mágica es la siguiente… ¿De qué manera vamos inculcando en nuestros hijos desde edades tempranas esas normas de convivencia, de respeto y de cortesía?
Te ofrecemos unas sencillas estrategias para que las tengas en cuenta, son indicaciones básicas que señalar a los niños en cada situación.Vale la pena tenerlo en cuenta.
  • ¿Has llegado o entrado a algún sitio? Saluda, di buenos días o buenas tardes.
  • ¿Te vas? Di adiós
  • ¿Te han hecho un favor? ¿Te han dado algo? Da las gracias.
  • ¿Te han hablado? Responde.
  • ¿Te están hablando? Escucha.
  • ¿Tienes algo? Compártelo.
  • ¿No lo tienes? No envidies.
  • ¿Tienes algo que no es tuyo? Devuélvelo.
  • ¿Quieres que hagan algo por ti? Pídelo por favor.
  • ¿Te has equivocado? Discúlpate.
Normas sencillas que, sin lugar a dudas, le serán de gran ayuda en el día a día.

jueves, 15 de noviembre de 2018

“Este niño es muy infantil”



A menudo escucho a adultos referirse a algunos niños y niñas diciendo de ellos, con un tono de preocupación, que son muy infantiles. Niños de 6 años, de 8, de 12, incluso de algunos adolescentes.

¿Será malo ser “muy infantil” cuando uno está en edad de ser infantil?

Intentar que un niño se comporte como un adulto es una manera de negar la infancia.

¿Qué es lo que queremos decir cuando nos referimos a un niño o adolescente como “muy infantil”?

Pues generalmente que es ingenuo, que le gusta jugar a cosas de niños, que es emotivo, vamos que se emociona con lo que ocurre a su alrededor y a veces se ríe a carcajadas o llora ante situaciones injustas; que no tiene interés por hacer cosas de “mayores”; que le gusta que lo abracen y le hagan cosquillitas; que tienen miedo y te piden que los protejas; que piden que les cuenten cosas de cuando eran más pequeños, que su mayor preocupación no es anotar las tareas que hay que llevar al colegio, etc.

En esta sociedad que roba la infancia a los niños ya no les dejamos ni ser niños, nos parece un problema que se comporten como niños y los llamamos inmaduros.

Es muy inmaduro es una manera de decirle a un niño que su forma de ser no nos gusta, que algo le falta, es una manera de de trasmitir que estamos deseando que se haga un maduro, para que no moleste. Inmaduro dicho como problema y no como una realidad del desarrollo: los niños van madurando a través de experiencias y tiene un ritmo, propio e individual, de maduración. Y mientras maduran, necesitan la ayuda de los adultos.

No tengáis prisa, tienen que ser niños, tienen que ser adolescentes y luego se convertirán en hombres y mujeres adultos capaces de gobernar su vida.

Los niños solo son niños y lo que tienen que aprender es a ser buenas personas, no a ser maduros precoces. La madurez necesita vida para ser vivida, ser niños el tiempo que dura la infancia, ser adolescentes el tiempo que dura la adolescencia, y ser adulto el tiempo que dura la vida adulta.

Así que cuando alguien diga que es un niño muy infantil tú contesta que eso es más normal que ser un niño “viejuno”.

Los niños son niños, dejadles que vivan su infancia, no les metáis prisa para que crezcan porque los trienios y las canas llegaran de todas manera.

martes, 6 de noviembre de 2018

Cinco pasos a seguir para que a tus hijos les guste leer un libro.

Claves para iniciarles en este hábito y que no lo consideren un aburrimiento


Las recomendaciones se basan en 5 pasos:
Conseguir que a los niños les guste leer es en ocasiones complicado. Las nuevas tecnologías suplantan muchas veces el tiempo de lectura. 
1. DESPIERTA SU INTERÉS:
Llévalo a actividades relacionadas con la lectura, por ejemplo a un cuentacuentos.
Pregúntale a la hora de escoger un libro. Haz que su opinión cuente, debe sentir que él toma de decisión de la compra del libro.
Conviértelo en parte de la historia del cuento. Ser protagonista del cuento despertará el interés del pequeño por la lectura.
Sirve de ejemplo. Lee. Los niños imitan todo lo que hacen los adultos. Si tú lees, ellos leen. El comportamiento de los padres se verá reflejado en el de los hijos.
2. Compartir tiempo juntos leyendo:
Leer a la vez es una buena manera de crear vínculos entre los padres e hijos y una buena forma para mantener su interés.
3. LA LECTURA NO DEBE CONVERTIRSE EN UNA OBLIGACIÓN:
Conviértela en un juego, recrear pasajes del libro con tus hijos puede ser una buena opción.
4. LEERLES ANTES DE IRSE A DORMIR:
A los niños les gusta que sus padres tengan un ratito para ellos antes de irse a dormir, además la lectura también les ayudará a conciliar el sueño.
5. AYÚDALES A DESCUBRIR:
Deja que busque nuevos géneros: misterio, aventuras, ciencia ficción, fantasía… No tengas miedo a que descubra otros libros ¡la lectura está llena de sorpresas!

miércoles, 31 de octubre de 2018

La empatía, un rasgo que se fomenta o se oxida. Por Ana Isabel Sanz.

En una película reciente de Álex de la Iglesia, la escena final me impactó y aún sigue incomodándome,  aunque hayan pasado meses desde que la vi: una Blanca Suárez llorosa y semidesnuda transita por la bulliciosa Gran Vía sin que nadie se le acerque, ni siquiera gire la vista extrañándose o doliéndose por su sufrimiento. Resulta duro pensar que esta indiferencia hacia los otros empieza a convertirse en lo habitual.

Si eso sucede en situaciones en las que nos hallamos al lado del que lo pasa mal, cómo extrañarse de que no nos movilice el terror de una guerra que solo vemos por televisión, el dolor de las víctimas de una catástrofe, la humillación y el riesgo derivados de la represión política en un país lejano o la gravedad del daño que nos estamos haciendo a nosotros mismos con la irresponsable actitud hacia el equilibrio ecológico del planeta.

A pesar de las advertencias de escritores como Jeremy Rifkin (Civilización empática, Paidós, 2010) sobre la urgencia de que la sociedad se implique como un todo en el abordaje activo de dilemas que condicionan el presente y el futuro de nuestra especie, lo que se constata es que nos estamos convirtiendo en auténticas piedras, nulidades emocionales, que no saludamos al vecino, ignoramos al anciano o a la embarazada que permanecen de pie en el autobús mientras disfrutamos de nuestro cómodo asiento, miramos hacia otro lado si vemos una actitud irrespetuosa en la calle… ¿Hacia dónde vamos por este camino? Y un problema aún más preocupante es que esas conductas son el ejemplo que interiorizan nuestros menores por lo que, de no modificar el rumbo, estamos sembrando una peligrosa cosecha de violencia y deshumanización con consecuencias nada halagüeñas.

Paradójicamente, mientras eso sucede, políticos, medios de comunicación, agentes sociales… usan una y otra vez hasta desgastarlas palabras como empatía, empatizar, empático… Cuando lo hacen, ¿saben lo que implican, las trasladan alguna vez del discurso demagógico a sus comportamientos? La empatía, concepto psicológico relativamente nuevo (no tiene más de un siglo de vida) implica –en contra del egocentrismo– interesarse por el otro sin prejuicios para entender lo que siente, las motivaciones de su conducta y devolverle no consejos banales o simplistas, sino un apoyo (a veces únicamente el respetuoso silencio para escuchar) que le permita no sentirse solo sino comprendido, aunque no se le aporten soluciones prácticas.

Los estudios cada vez más numerosos sobre este complejo proceso de acercamiento y conexión con los demás identifican la interacción de elementos cognitivos y emocionales en diferentes grados de profundidad en ese “ponerse en el lugar –en los zapatos– del semejante”. Más allá de esas complejidades conceptuales, querría limitarme a señalar que la empatía constituye un pilar fundamental de la inteligencia social y de la convivencia armónica. Una de las investigadoras más conocida en este ámbito, Brené Brown, considera que ser empático implica al menos cuatro capacidades: a) la habilidad de ponerse en el lugar de otro sujeto y admitir su punto de vista como válido y real; b) la no formulación de juicios de valor acerca de esa experiencia; c) la identificación de la vivencia emocional de otra persona, y d) la aceptación respetuosa y la expresión verbal de esa emoción compartiéndola con el semejante.

El interés por los procesos cognitivos y emocionales de otros individuos constituye un rasgo inherente a cualquier persona y, casi con toda seguridad, es propio de las especies de homínidos que nos precedieron. Sería motivo de un interesante debate qué sucede con los llamados psicópatas, aunque posiblemente ellos también son capaces de captar la vivencia del otro y lo que sucede es que les resulta indiferente o solo les sirve como vía para la manipulación dañina.

Las neuronas espejo sustentan biológicamente esta disposición natural a la empatía que se manifiesta rudimentariamente casi desde el nacimiento y de forma más consistente en bebés entre los 18 y los 24 meses. La consolidación de la llamada Teoría de la Mente (la posibilidad de establecer hipótesis sobre los procesos psicológicos propios y de otro individuo) permite que a los 4-5 años se sea ya plenamente capaz de desarrollar actitudes empáticas. Ese patrimonio innato no garantiza, como sucede con otras muchas capacidades, el desarrollo de adultos empáticos, salvo que esa predisposición se canalice y fomente a través de adecuadas medidas educativas.

Y si la empatía se educa, ¿por qué se le presta tan escasa atención en las políticas educativas o en la planificación de los centros? Tal vez sea, una vez más, porque se considera menos relevante que los conceptos o los procedimientos matemáticos, lingüísticos, históricos, tecnológicos… Craso error. Existen ya numerosos datos que indican que el prestar atención a la educación emocional, entre otros aspectos al desarrollo de la empatía, fomenta el desarrollo cognitivo y la calidad del clima escolar, aspecto que, a su vez, revierte en mejores rendimientos académicos y en la prevención de cuestiones tan distorsionadoras del ambiente escolar como el acoso entre compañeros, las transgresiones disciplinarias, el fracaso y el abandono prematuro de las aulas o el deterioro de la salud psico-física tanto del alumnado como de los docentes. Conviene subrayar que los estudiantes y los docentes que profundizan y ponen en práctica la empatía:
  • Se muestran más curiosos.
  • Aumentan sus destrezas comunicativas y, paralelamente, la capacidad de pensar de forma lógica.
  • Recurren a fuentes de aprendizaje más diversas que incluyen la experiencia propia y la de otros, lo que propicia una mayor flexibilidad cognitiva.
  • Ejercen el pensamiento crítico.
  • Valoran más los esfuerzos propios y los del otro, lo cual potencia su motivación y deseo de superarse.
  • Prestan más atención y se concentran mejor.
  • Se sienten satisfechos y agradecidos con lo que hacen y las oportunidades que se les ofrecen.
  • Progresan en la capacidad de identificar, expresar y modular sus propias emociones.
  • Logran interacciones sociales satisfactorias y enriquecedoras.
  • Disminuyen los comportamientos agresivos o descalificadores de otras personas.
  • Alcanzan un equilibrio psíquico que les permite optimizar su rendimiento cognitivo.
  • Ante esta perspectiva, ¿creéis que merece la pena incorporar a las programaciones y a los proyectos de centro el fomento de la empatía como principal bastión de la educación emocional?

lunes, 29 de octubre de 2018

Educar a los niños en la puntualidad.

Educar en valores

10 consejos para conseguir que los niños sean puntuales

La puntualidad es el cuidado y diligencia en llegar a un lugar o partir de él a la hora convenida o de hacer las cosas a su debido tiempo. Los adultos somos conscientes de la hora del día en la que vivimos, y el reloj forma parte importante del día a día para poder organizar nuestro tiempo.
Sin embargo, enseñar el valor de la puntualidad a los niños requiere su ciencia, ya que la noción del tiempo para los niños es diferente y además, todavía no comprenden el funcionamiento de las agujas del reloj.
Enseñar a los niños el valor de la puntualidad

Cómo conseguir que los niños sean puntuales

Existen algunas ideas que pueden ayudar a los padres y educadores para conseguir que los niños sean puntuales y hagan las tareas que les corresponden a su debido tiempo.
1- Es necesario que el niño comience a valorar la importancia de hacer una determinada cosa en un tiempo determinado. Para ello, es importante el diálogo con el niño y hacerle comprender, por ejemplo, que si no llegamos al cine a la hora convenida, la película habrá comenzado y no podremos verla.
2- Crear rutinas. La rutina no sólo es buena porque ayuda al niño a sentirse seguro. Además, ayuda a crear hábitos a los niños. A pesar de no saber medir el tiempo, les guiará para saber que después de levantarse de la cama tienen que lavarse, después vestirse, desayunar e ir al colegio. Poco a poco, irán aprendiendo que esta serie de pequeñas acciones, tienen que llevarse a cabo en un tiempo determinado para poder llegar al colegio antes de que lo cierren. 
3- Los niños han de conocer qué tipo de sentimientos desencadena alguien impuntual. Un valor importante es enseñar a los niños a no hacer a los demás aquello que no les gustaría a ellos mismos. Por lo tanto, han de comprender cómo se siente alguien cuando espera a una persona que no llega.
4- Hay que enseñar a los niños que las distracciones les llevarán a ser impuntuales. Hacer una tarea require su concentración, sobre todo en la infancia, donde la abstracción es mayor. El niño no podrá vestirse bien y con agilidad, si le televisión está encendida y están emitiendo sus dibujos favoritos.
5- Las personas aprendemos a partir de la experiencia, por ello aunque los padres mantengan un diálogo constante con los niños para educarles en valores, en ocasiones han de aprender de sus propios errores y experimentar ellos mismos qué ocurre si son impuntuales.
6- La puntualidad se enseña a los niños con el ejemplo, si los padres suelen llegar tarde a los sitios, los niños no valorarán la importancia de llegar a un lugar a la hora convenida.
7- Los niños han de conocer que las personas impuntuales van perdiendo la credibilidad y el respeto de los demás. Si el niño no llega a tiempo a jugar su partido de fútbol un día tras otro, quizás dejen de contar con él para próximos encuentros.
8 - La impuntualidad puede hacer perder grandes oportunidades a las personas. Hacer comprender al niño lo que puede perderse si llega tarde a los sitios sistemáticamente, ayudará a que comprenda la importancia de este valor.
9- El niño ha de aprender que algunos imprevistos pueden hacer que alguien no llegue a tiempo o que la tarea no se realiza en el tiempo determinado. Para evitar estos imprevistos es conveniente dar un poco más de tiempo a cada tarea y no ir con prisas y a última hora.
10 - La impuntualidad da una mala imagen de uno mismo. Una persona imputual es vista por los demás como poco seria o con una incapacidad de organizar su tiempo. Cómo nos ven los demás y que las personas tengan una buena impresión de nosotros habla bien de nosotros.

jueves, 18 de octubre de 2018

Las tácticas de un profesor para que los niños hagan deberes sin discutir. POR LAURA PERAITA (ABC)


Óscar González, director de Alianza Educativa, explica cómo lograr que los deberes sean responsabilidad de los hijos, no de los padres


Óscar González, profesor de Educación Primaria, director de Alianza Educativa y director general de la Escuela de Padres con talento, explica que lo primero que hay que tener en cuenta es la etapa educativa en la que se encuentra el niño, no es lo mismo que curse Infantil que Primaria. Explica que, en ocasiones, el niño que empieza el colegio por primera vez requiere un periodo de adaptación que puede ser más o menos largo porque para él supone un cambio muy grande.Conseguir que un niño se siente a hacer sus deberes en casa resulta en ocasiones un verdadero reto diario. Los padres lo intentan por las buenas, por las menos buenas y por las malas..., pero no hay manera, y una tarde que podría presentarse tranquila acaba con discusiones, enfados, gritos y castigos. Pero, ¿hay otras alternativas?
«También lo es, aunque no seamos muy conscientes de ello, el paso de Infantil a Primaria, puesto que el aprendizaje deja de basarse únicamente en el juego; ahora deberá realizar fichas, deberes... Hay alumnos que inician esta etapa con mucha motivación, pero a otros les supone un gran esfuerzo —confiesa—. Les será más fácil a aquellos cuyos padres les hayan motivado e insistido en que se hacen mayores y tendrán nuevas responsabilidades con las que aprenderán muchas cosas importantes. Es necesario explicarles que tendrán que hacer tareas y, aunque no las tenga, si durante 10 minutos se trabaja cada día en casa una determinada tarea como letras, números..., ellos lo tomarán como un hábito que les servirá de gran ayuda para su futuro».
Si son alumnos de sexto de Primaria y no quieren sentarse a hacer deberes, la situación será más complicada para las familias. «El problema es que muchos padres se sientan a hacer los deberes todos los días con los hijos, e incluso se los hacen. Es un error. Muchos padres dicen “venga que tenemos deberes”. No, eso no es así; los deberes son de los hijos, son su responsabilidad. Los padres deben motivarles para que se sienten a hacerlos y cuando tengan alguna duda se pueden acercar y ayudarles a resolverla. De lo contrario, se acostumbran a tener a sus padres siempre al lado y que les hagan las tareas y se negarán a hacerlas si no están juntos».
Óscar González recomienda que cuando no quieran sentarse hay que decirles que no les pondremos un castigo, pero tendrá que saber que hay consecuencias. Es decir, si no hace los ejercicios de matemáticas después no podrá ver la televisión o jugar. El niño es el que tendrá que decidir sobre sus propios actos. Si los hace, podrá ver la tele y si no cumple no se habrá ganado el derecho a ver los dibujos.
Además, habrá que explicarle que si no los hace, también tendrá que asumir las consecuencias al día siguiente, cuando el profesor vea su cuaderno sin hacer. «Si hay dificultades en que el niño haga sus tareas es muy conveniente que la familia tenga una buena comunicación con el profesor para explicarle la situación en casa y que conjuntamente trabajen en la misma dirección para que el niño sea consciente de sus responsabilidades antes de que avance más el curso y el problema se agrave».
Otra buena táctica, en el caso de los niños que se eternizan con las tareas, es dejarle un tiempo definido en casa para los deberes, en función de su edad. Si se le deja, por ejemplo, media hora, pasado ese tiempo se le debe retirar todo el material escolar. Es una forma de, poco a poco, lograr que se concentre y aproveche su tiempo en vez de distraerse con cualquier cosa mientras hace una suma. Al día siguiente, él tendrá que asumir sus consecuencias en clase cuando el profesor vea que no ha realizado algunas operaciones en su cuaderno. «Igual que no se le puede dejar un par de horas con el plato delante a la hora de comer, tampoco se le puede permitir que esté tiempo excesivo con los deberes», apunta González.

«La señorita no me lo ha explicado así»

Hay también padres que se desesperan porque cuando explican, por ejemplo una operación matemática, el niño se enfada diciendo «eso no es así, la señorita no me lo ha explicado así». Cuando eso ocurra de forma muy repetida, y en los casos en los que lograr que se siente a estudiar sea un verdadero problema y foco de discusión diario, es recomendable, en la medida de las posibilidades, que lo intente una tercera persona o, incluso, un profesor particular, al que seguro que respetará.
Lo importante, incide este profesor de primaria, es no sobreproteger al niño con el objetivo de evitar discusiones y no hacerle nunca los deberes. Por todo ello recuerda que:
—No hay que olvidar que los responsables de los deberes son siempre los hijos, no los padres.
—Si se eternizan es conveniente que hagan unas pequeñas pausas entre tarea y tarea para emprenderlas de nuevo con más ganas.
—Siempre realizar los deberes en la misma mesa de trabajo y, si puede ser, a la misma hora, para que se convierta en una rutina lejos de distracciones.
—Si le cuesta mucho una materia determinada hay que empezar por ella porque dejarla para el final será un error, ya que estará más cansado y con menos ganas.

—No olvidar que los niños son niños y, por ello, tratan de evitar responsabilidades. Es lo normal. Los padres deben resaltarles de forma positiva su esfuerzo, no ya que hayan hecho la tarea, que pueden haberla hecho mejor o peor, pero sí el hecho de terminarla.

martes, 9 de octubre de 2018

Esto es lo que le pasa a tu hijo si fuerzas su aprendizaje sin estar preparado. POR DIANA OLIVER.



Los expertos aconsejan respetar los hitos evolutivos de los menores.

Las primeras veces son un principio, pero también un final: son el cierre de una etapa que anuncia la ineludible llegada de la siguiente. Desde el nacimiento de nuestros hijos celebramos cada logro y cada habilidad adquirida con ese entusiasmo y esa magia que solo nos devuelven las primeras veces. Lo contamos, lo inmortalizamos y lo ensalzamos con orgullo porque nuestro retoño ha alcanzado un grado más de autonomía. Pero, dado que no hay dos niños iguales, es importante respetar el ritmo evolutivo de cada uno. Dejar que cada pieza encaje cuando llegue el momento. En este sentido, Alberto Soler, psicólogo especializado en crianza, explica a El País que debemos tener en cuenta una matización importante: “Si bien es cierto que en el lenguaje coloquial hablamos de “aprender a gatear”, “aprender a andar”, “aprender a hacer pipí” o “aprender a hablar”, esto no son aprendizajes como ir en bicicleta, aprender un idioma o tocar un instrumento, sino que son más bien adquisiciones o logros a los que se llega cuando el niño está listo. Como dice un proverbio hindú, no por estirar la hierba esta crece más rápido”.

Qué es el respeto a los hitos evolutivos.

¿Todavía no anda? ¿Aún no habla? ¿Cuándo va a dejar el pañal? Son las cuestiones que todos los padres escuchamos en algún momento con respecto a nuestros hijos. Incluso puede que nosotros mismos nos planteemos estas y otras preguntas similares. Tendemos a comparar con nuestro entorno conocido y eso hace que muchas veces las prisas y las dudas nos asalten. Dejamos de disfrutar de cada etapa consumidos por el deseo de pasar a la siguiente. Asegura Alberto Soler que los momentos de adquisición de logros evolutivos tienen un margen bastante amplio, por lo que incide en que para asegurarnos de que respetamos el ritmo de cada niño debemos mantener una actitud expectante y de observación: “Cuando son capaces de hacer algo, ellos son los primeros interesados, no es necesario forzar nada”.
Cuando hablamos de respetar los hitos evolutivos hablamos de no forzar a los niños a mostrar conductas o habilidades para las que todavía no están preparados. De acompañar sin presionar. Según Alberto Soler sería como esperar que un bebé de seis meses controlara esfínteres o comenzara a caminar: no está preparado para ello. “Ahí lo vemos muy claro, porque sabemos que es imposible, pero por ejemplo luego es muy frecuente forzar la retirada del pañal durante el primer verano después de cumplir los dos años, olvidando que cada niño sigue un ritmo distinto. Habrá alguno que ya esté listo en ese momento, pero muchos otros que no lo estén”.
El psicólogo valenciano deja claro que nada tiene que ver el respeto por el ritmo de desarrollo con un contexto de “ausencia de límites”, algo que en muchas ocasiones puede salir a colación. “Si queremos que ellos respeten, también debemos respetar nosotros, y quizá podemos empezar por ahí: respetar los límites que su cuerpo nos marca, no forzándoles a hacer cosas para las que todavía no están listos”, explica. No obstante, añade que es importante recordar que los límites son imprescindibles en la educación de los niños: “Un hogar sin límites genera ansiedad en los niños y probablemente no sería seguro, contribuyendo a una baja autoestima y sensación de falta de seguridad. Límites claros y respeto al proceso de desarrollo deben ir de la mano”.

Señales de alarma.

Los hitos evolutivos de la infancia no podemos elegirlos. Tampoco decidir cuándo van a aparecer o cómo van a hacerlo. Señala Manuel Antonio Fernández, neuropediatra y autor de diversas guías para padres sobre trastornos del aprendizaje y del desarrollo, que los hitos evolutivos corresponden al desarrollo madurativo del cerebro y sobre la base de esto, “todos los niños deben cumplir los hitos madurativos de una forma razonable con relación al tiempo y al modo para poder conseguir un desarrollo dentro de la normalidad”. Para el experto es importante conocer cuáles son esos hitos evolutivos del desarrollo infantil, en qué orden y cuándo aparecen. Lo resume dividiéndolos en dos grandes grupos: el del desarrollo motor, que contiene el sostén cefálico (aguantar la cabeza), y que es habitual alrededor de los tres meses; la sedestación (mantenerse sentado), que suele darse alrededor de los seis meses; la bipedestación (ponerse de pie), ocurre sobre los nueve meses; la marcha con ayuda (andar de la mano o apoyado), generalmente aparece a partir del año; la marcha libre (andar sin ningún tipo de ayuda), aunque es más variable, entre los 12 y los 15 meses es lo normal; y la carrera, frecuentemente se alcanza alrededor de los 18 meses de edad. Y por otro lado el del desarrollo cognitivo, que engloba el lenguaje (“Desde los primeros meses aparecen sonidos que van evolucionando. Alrededor del año empiezan los primeros bisílabos y la variedad de vocabulario va creciendo progresivamente. Sobre los tres años los niños comienzan a usar el verbo para crear frases más complejas”); y el control de esfínteres. En este último influyen, según el autor de elneuropediatra.es, muchos factores y muy variados, pero se considera normal que un niño no controle bien el pis hasta los cinco años.
¿Cómo podemos saber si el desarrollo de nuestro hijo está dentro de la normalidad? ¿Hay señales que puedan dar la voz de alarma? La mejor opción para el neuropediatra Manuel Antonio Fernández es medir y comparar. “Por mucho que digan que las comparaciones son odiosas, son necesarias en pediatría. La normalidad se basa en ver la situación de cualquier niño con los demás de su edad. Por eso hay escalas y se realizan controles de salud infantil, para ver si hay algo que se sale de lo que es habitual para una determinada edad”, explica.
La detección de cualquier anomalía en el desarrollo infantil supone una oportunidad para evitar su evolución. Por ello, para el experto en neuropediatría es fundamental que las familias conozcan los hitos evolutivos del desarrollo infantil pero también que los sistemas de salud cuenten con pediatras y neuropediatras experimentados que puedan seguir el correcto desarrollo de los niños. “Ante la sospecha de que nuestro hijo pueda tener algún problema de desarrollo se debe consultar con el pediatra de atención primaria. Si después de valorar el caso, se considera que hay datos suficientes para determinar un problema en el desarrollo, el segundo paso es la derivación a atención temprana que son los que se ocupan de valorar el nivel de desarrollo de los niños con dificultades de cualquier tipo y establecer medidas de intervención para ayudarles a avanzar. Independientemente de la causa del problema, y aunque esta no se sepa, la atención temprana precoz es la mejor vía para ayudar a los niños en su desarrollo madurativo mientras se realizan las pruebas necesarias”.

Los riesgos de forzar el aprendizaje cuando el niño no está preparado.

Cuando le planteamos a Alberto Soler acerca de las consecuencias de forzar las capacidades madurativas, nos recuerda a la pediatra húngara Emmie Pickler, referencia en la investigación de la intervención adulta en el desarrollo motor del niño: ”Hemos de enseñarle tantas cosas, cosas que solo puede aprender de nosotros, a través de nosotros. Pero resulta inútil, y hasta desventajoso, enseñarle a sentarse sentándole, a ponerse de pie poniéndole de pie, etc. cosas que él puede aprender por sí mismo, por su propia iniciativa, con una mejor calidad, mediante tentativas cargadas de sensibilidad, de aprendizaje que habría influido favorablemente en todo su desarrollo”.
Para el psicólogo especializado en crianza, “si forzamos a un niño a realizar una determinada conducta para la que no está preparado solo lograremos que se sienta frustrado y que sienta mayor dependencia hacia nosotros, al considerar que sin nuestra ayuda habría sido incapaz de hacerlo por sí mismo. Y es verdad, no lo habría logrado todavía”. Esto, para Soler, repercute negativamente en su autoestima, e incluso en ciertos procesos como, por ejemplo, el control de esfínteres, que puede tener consecuencias adversas para la salud.
Cada vez son más frecuentes las consultas relacionadas con problemas por la presión en el desarrollo infantil que llegan al centro del neuropediatra Manuel Antonio Fernández. “El sistema educativo actual se empeña en hacer que los niños comiencen a leer y escribir en cursos anteriores a los que lo hicimos en la década de los 80. Esto lleva a que nos consulten padres cuyos hijos no están siendo capaces de aprender a leer o escribir con tan solo cinco años. En la mayoría de estos casos los niños no tienen ningún problema”, explica.
Para Fernández, si forzamos a todos los niños a llegar a un límite muy alto, “más alto de lo que está previsto en un desarrollo normal”, tendremos problemas: “Consideraremos anormal algo que no lo es. Haremos que padres y niños consideren su situación como patológica cuando realmente no lo es. Esto conlleva un elevado nivel de estrés para las familias, que quieren que sus hijos sean capaces de lograr todos sus objetivos como los demás niños. Los niños empiezan a sentirse diferentes, con problemas. Además, se frustran y empiezan a sentir rechazo por el aprendizaje”.
Concluye con el mensaje claro de que debemos ser conscientes de que no todo vale por conseguir resultados: “Los niños necesitan su tiempo, el tiempo normal para desarrollarse con completa normalidad, valga la redundancia”.