jueves, 24 de mayo de 2018

LA CURIOSIDAD (Víctor González)


La curiosidad es una de las características más importantes de la humanidad, especialmente en lo que se refiere al aprendizaje.

“Una buena amiga me preguntó una vez qué característica quería que tuviera mi hijo y me sorprendí un poco al contestar con seguridad y presteza: ¡que sea curioso!”
No hay mejor manera para empezar este artículo que con un dato curioso sobre la curiosidad: la curiosidad comparte sustratos neuronales con conductas esencialmente placenteras como comer, beber o tener relaciones sexuales. Es difícil, pues, entender cómo algo tan potente puede, en educación, relegarse a un segundo plano a medida que el aprendiz se hace mayor. Es una herramienta que juega a nuestro favor como educadores pero que no cultivamos, a la que no damos mucha importancia, sobre la que no conocemos lo suficiente, no ayudamos a desarrollar, mucho menos generamos los contextos necesarios para que los aprendices disfruten de su curiosidad satisfecha con un aprendizaje significativo conseguido o, incluso, la cortamos con el fin de simplificar la clase o de evitar que el alumnado nos meta en problemas con preguntas que van más allá de nuestros conocimientos o de lo que teníamos programado (a veces parece que lo programado está grabado a piedra siendo imposible desviarnos de lo previamente dispuesto por miedo a un castigo divino o, peor aún, “no llegar a explicar todos los contenidos que tengo que enseñar” —curioso que en esta frase tantas veces escuchada no se comenta que los niños aprendan nada, solo que como profesor debo cubrirme las espaldas y explicar todo lo de la siguiente lista—).
Creo que la curiosidad tiene un doble papel en el proceso interminable de aprendizaje de una persona —y, por supuesto, en la evolución de la humanidad— siendo vital tanto en el contexto escolar como fuera de él.
Y es que el niño va al colegio y trabaja porque ni siquiera se plantea no hacerlo aunque a veces no le guste; el adolescente va a la escuela y estudia porque “es su obligación” (frase muy empleada por padres y madres sin tener en cuenta la cantidad de veces que los adultos, si podemos, intentamos eludir nuestras obligaciones cuando éstas no nos gustan); el joven hace bachillerato, formación profesional y/o va a la universidad, muchas veces, porque “algo tendré que aprender para ganarme la vida” y después llega la edad adulta, una época que dura el doble o el triple que las otras tres juntas, y es entonces cuando una persona seguirá aprendiendo de verdad, seguirá leyendo, formándose e informándose si en su interior siente curiosidad.
¿Entonces es una cuestión genética? ¿Unos tienen curiosidad y otros no? No lo creo; mi experiencia me ha demostrado que la curiosidad se trabaja, se “entrena” y se aprende a apreciarla a base de beber de ella. Es cierto que todos nacemos curiosos y que es el motor de nuestro aprendizaje temprano pero a medida que pasan los años, especialmente en la escuela, se va matando dicha curiosidad y lo peor de todo es que hemos desarrollado muchas formas de hacerlo. Veamos unos pocos ejemplos:
1.- ¿Tienes curiosidad? ¡Trabaja el doble!
Ahí tenemos al niño que tiene curiosidad por un tema, hace una pregunta y el profesor le responde con una variante de “muy interesante tu pregunta. Búscalo en casa”. Vaya, el niño ya tiene deberes, pero aún envalentonado por su curiosidad, llega a casa, pregunta a sus padres, busca en Internet y al día siguiente vuelve al profesor, en clase, y le dice que ya sabe la respuesta, concluyendo todo ello, muchas veces, en un breve comentario y a seguir. El problema no reside en el hecho de que el niño haya trabajado en casa, lo cual ayuda a adquirir unos hábitos de resolución de preguntas y desarrolla la autonomía del alumno; el problema se encuentra en el hecho de que no se le da relevancia al camino que el niño estaba abriendo, no hacemos significativo el esfuerzo y aprendizaje desarrollado por el niño por propia voluntad (recordemos que no eran deberes) y si los adultos, referentes, no lo valoramos y lo cultivamos —muchas veces eso, de cara al niño, tiene que ver con la relevancia que le damos y el tiempo que le dedicamos— ¿cómo esperamos que lo acaben haciendo ellos? Aprenden que es mejor ir al grano, hacer lo que toca y no desviarse; eso es, al fin y al cabo, lo que hacen muchos adultos.
2.- Ahora no
La curiosidad no pide turno, no espera largas horas de cola y, desde luego, no entiende de programaciones y de tiempos. La curiosidad surge cuando algo se conecta en nuestro cerebro, cuando surge una incongruencia entre los conceptos previos y el aprendizaje que se está afrontando, cuando se abren los ojos ante un descubrimiento emocionante, cuando el mundo plantea algo desconocido… y la pregunta que se forma interrumpe nuestra estudiada y programada clase, tan marcada por los tiempos y por los contenidos; y sin reflexionar, no son pocos los profesores que espetan: “ahora no toca” o variaciones. Es muy probable que el niño sienta que para él lo que ha preguntado tenía mucho más sentido, era mucho más interesante y, por lo tanto, “tocaba” mucho más que el tema planteado; eso sin contar que es probable que si el profesor se detuviera a pensar en la pregunta que se ha formulado encontraría tres cosas: A.- que puede relacionarla con los contenidos que tanto nos obsesionan, B.- que no es una inquietud solo del alumno que ha preguntado y C.- que de repente hay mucha más atención en clase y mucho más interés.
3.- ¡Vaya preguntas! ¡No seas pesado!
Es esta una situación muy similar al punto 2 pero con el agravante de que estamos relacionando la curiosidad con un elemento negativo: ser cargante para los demás. La relación entre esto, querer ser aceptado y, por ende, dejar de preguntar es muy directa.
Como en todo en la vida todo esto requiere poner tu tacto emocional al servicio de la situación y saber diferenciar entre las preguntas del alumnado fruto de su curiosidad y las preguntas que buscan llamar la atención. En cualquier caso, aunque se trate de una pregunta que tiene el claro objetivo de reclamar atención responde a una situación que no se soluciona con un “ahora no” o “no seas pesado”.
¿Y por qué nos mueve la curiosidad?
Hay varios hechos relacionados con la curiosidad que nos convendría saber. El primero es que la curiosidad, desde los orígenes, es un mecanismo cerebral que nos permite detectar los sucesos diferentes en nuestro día a día, poner atención en ellos, decidir si son significativosy, de ser así, aprenderlos o memorizarlos. Es, en el fondo, un mecanismo de supervivencia que nos permitía ver que algo en el descampado no estaba igual que siempre y que era mejor salir corriendo de allí para que el depredador escondido entre la maleza no nos diera caza. Si nos fijamos en lo anterior y nos ponemos las lentes de educadores nos daremos cuenta de que aparecen conceptos como “atención”, “aprender” y “memorizar”. Quizás valga la pena, pues, ahondar un poco más en ello si queremos aprovecharnos de los beneficios naturales de la curiosidad.
Un segundo dato sobre la curiosidad es que en neuroeducación se ha demostrado que hay ciertos circuitos cerebrales disparadores de la misma que están relacionados, a su vez, con la anticipación de la recompensa y el placer.
Aquí debo hacer un alto en el camino y comentar un hecho que acontece de forma más o menos habitual en nuestras aulas y que deberíamos cortar. El fenómeno que llamo “castillos en el aire”. Y es que como profesores a veces vemos que sería muy interesante hacer algo, lo proponemos al alumnado y después nos damos cuenta de que el día a día se nos come, que no tenemos tiempo suficiente y que al final no se va a poder hacer. Nosotros, desde una perspectiva de adultos, entendemos los motivos y los podemos argumentar; es más, es posible que incluso los alumnos lo entiendan y lo acepten pero estamos rompiendo la cadena que relaciona la curiosidad, la acción y el placer y la recompensas que, recordemos, han sido ya anticipadas. Si esto lo repetimos de forma más o menos habitual lo que estamos generando es que el alumnado ya no relacione la curiosidad con el placer y la recompensa (en ningún momento se ha dicho que ésta deba ser extrínseca únicamente). Es nuestra responsabilidad ya no solo como adultos sino también como profesores intentar no prometer algo para luego no hacerlo.
Finalmente tenemos un tercer dato muy interesante: existen varios tipos de curiosidad. Si buscáis encontraréis muchas maneras de organizarlas y tipificarlas pero creo que hay una forma sencilla que como educadores deberíamos tener en mente: la curiosidad perceptual o diversificada y la curiosidad epistémico-específica. Curiosamente es la combinación de ambas la que activa un sistema cerebral que genera dopamina que, entre otras cosas, es la causante de generar sensaciones placenteras.
La curiosidad perceptual o diversificada es aquella que impele a la persona a huir del aburrimiento, que se aferra a los sucesos extraños y que tiende al aislamiento fantasioso. El alumno que juega con la goma sin hacer nada en clase, el que mira por la ventana cómo dos palomas pugnan por una migaja o el que “está en las nubes” son claros ejemplos de alumnos inmersos en este tipo de curiosidad.
Muchas veces me enfrento a situaciones en las que alguno de mis alumnos se distrae impelido por esta curiosidad diversificada. Más tarde, fuera de clase, lo que hago es comentarle que no voy a enfadarme con él por distraerse —distraerse no es una decisión consciente; uno no decide, en general, que va a distraerse con el ruido de los alumnos de primaria jugando en el patio— pero sí que lo haré si cuando se da cuenta de que está distraído no hace un esfuerzo por volver a centrarse ya que eso sí es decisión suya. La reacción del alumnado suele ser muy buena y este discurso me posiciona junto a él contra la dificultad y no en el bando contrario.
La curiosidad epistémico-específica es aquella que tiene la finalidad de llegar a un conocimiento, que se genera de la incertidumbre o de los conflictos racionales o conceptuales. Es el “quiero saber la respuesta”.
Cuando planteamos una clase que no les genera ninguna inquietud, cuyos contenidos no hemos conseguido relacionar con sus conocimientos previos con el fin de generar algo significativo para ellos, en los que sus intereses y sus inquietudes no han tenido cabida y, peor aún, siendo conscientes de que no van a tenerla porque no esperan nada nuevo hasta que termine el tema dentro de varias sesiones; entra dentro de la lógica que no aparezca la tan ansiada curiosidad específica y sí lo haga la diversificada. Es entonces cuando los profesores nos giramos y nos enfadamos porque tenemos a un buen número de alumnos distraídos o ensimismados. Les abroncamos de múltiples formas pero que podrían resumirse, en esencia, en “lo que estoy explicando debería generarte interés”. Como si el gusto por las cosas admitiese imperativos.
¿Y cómo genero esa curiosidad en mis alumnos?
He aquí cuatro ideas básicas que os pueden ayudar:
1.- Abandonar la rutina en la forma de plantear y hacer las cosas.
No hay nada que mate más la curiosidad que la predicción. Yo, personalmente, realicé un “experimento” con mis alumnos y al principio del día les pregunté cómo iban a ser todas las clases del día. La primera sorpresa que tuve fue que nadie me contestó: no lo sabemos, aún no han pasado. Al contrario, me describieron con bastante meticulosidad cómo iban a desarrollarse cada una de las sesiones de las distintas materias que tenían. La segunda parte del experimento iba a ser por la tarde, justo antes de irse, con la intención de comprobar si estaban en lo cierto pero antes de llegar a ese punto ya me di cuenta de una cosa muy importante: no tenían curiosidad por las clases del día porque ya sabían lo que iba a pasar.
Por la tarde, antes de despedirse, les pregunté si las clases habían ido tal y como habían predicho y lamentablemente así fue. No sólo no tenían curiosidad sino que además estaban en lo cierto.
Curiosamente al día siguiente fueron varios los profesores que me comentaron que mi clase había estado más atenta el día anterior. ¿Por qué? me pregunté. La respuesta era simple: había creado un contexto que les generaba un punto de curiosidad: averiguar si todo pasaba como ellos habían predicho.
Haz que tus clases no sean predecibles. No es necesario un abanico enrome de dotes creativas e imaginación, solo hace faltar salir de la rutina.
2.- El poder de las preguntas
Y es que hay algo en nuestro cerebro que se ve impulsado a buscar las respuestas a las preguntas que nos hacen. Una vez leí que muchas veces, cuando una canción se mete en tu cabeza y no puedes dejar de cantarla o tararearla es porque hay un fragmento de la misma (ya sea letra o melodía) que no eres capaz de recordar y tu cerebro está haciendo un esfuerzo inconsciente por dar respuesta a esa pregunta.
Las preguntas, en su justa medida y bien formuladas, tienen mucho poder. Empezar la clase con una pregunta que A.- podrán ser capaces de resolver al final de la sesión, B.- cuya respuesta es sorprendente y relevante de alguna forma para la clase que se va a dar o C.- esté relacionada con el tema y sea sorprendente en tanto que no se la habían planteado nunca con anterioridad aunque forma parte de su contexto de vida (como, por ejemplo, si el sol es una esfera ardiente y no cambia de color por qué al amanecer y al atardecer lo vemos rojo y el resto del día no) puede ayudarte a tener la atención del alumnado fruto de su curiosidad específica.
3.- Trabajar desde la incongruencia, el conflicto y la contradicción
El alumnado suele no tener muy afianzados los grises que se hallan entre el blanco y el negro; es por eso que les hiere el orgullo cuando hay conceptos enfrentados (y, a veces, ambos válidos) y buscan desesperadamente que se estipule que uno de los dos está mal y que hay una solución correcta —a veces el hecho de que no la haya es el propio concepto a trabajar como planteo en el proyecto El búnker—.
4.- Generar clases en los que ellos tengan cabida no solo para ejecutar
Si generamos clases en las que sus opiniones puedan dar forma a lo que está por venir, en las que sus aportaciones puedan determinar en parte qué y cómo se va a hacer o en las que sus ideas moldeen parte de los enfoques de los contenidos que van a abordar estaremos generando contextos que huyen de la rutina, que provocan curiosidad y que son más significativos para ellos y para su aprendizaje.
Estas cuatro ideas tiene la función de aprovecharse de la curiosidad a corto plazo pero no querría acabar sin comentar un punto igualmente importante: el trabajo vertical de la curiosidad. Enfrentarse a las preguntas, ajenas o propias, requiere saber hacerlo bien, gestionarse adecuadamente y tener una constancia para sostener el interés en busca de la recompensa en forma de conocimiento; en definitiva, requiere entrenamiento que debemos darles a lo largo de los años y de los cursos y no solo en una clase determinada en un curso concreto con ese profesor o profesora que le da la importancia que creo que tiene: mucha.


lunes, 14 de mayo de 2018

Educación y cuidado. Juana M. Sancho (EL DIARIO DE LA EDUCACIÓN)

El profesor y filósofo Emilio Lledó, motivó su renuncia a la medalla de la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, por el “desprecio” mostrado por sus dirigentes hacia la educación, en particular a la Universidad pública, (además de por lo que consideraba conductas inapropiadas e inaceptables por parte de algunos de ellos). En una entrevista al programa El Intermedio, de La Sexta, nos recordó que, como argumentaba Immanuel Kant – 1724-1804-, el hombre y la mujer “no es, sino lo que la educación le hace de ser”.
Esto me llevó a recuperar el texto “Sobre la Pedagogía/Educación” (¡gracias una vez más profesor!), para argumentar, de nuevo que, como he mantenido desde los muchos años que me dedico a la educación, que (él habla de hombre, pero yo lo haré de hombre y mujer, porque a muchos se les olvida) “el hombre/mujer es la única criatura que ha de ser educada. Entendiendo por educación los cuidados (sustento, manutención), la disciplina y la instrucción, juntamente con la educación”. Únicamente por la educación el hombre/mujer puede llegar a ser hombre/mujer. No es, sino lo que la educación le hace ser”.

Y lo recupero aquí porque me dio el título para esta columna, en la que dialogo con algunas experiencias de sistemas educativos que, desde la política y la planificación educativa, no entienden que niños, niñas y jóvenes sean solo cerebros sin contexto, historia, condiciones de vida, experiencias culturales y afectos.
En el congreso anual de la American Educational Research Association, que tuvo lugar del 13 al 17 de abril en Nueva York, asistí a una sesión titulada “Reimaginando el bienestar en la era del rendimiento de cuentas”. Una intervención introductoria argumentaba que desde que la Organización Mundial de la Salud incluyera el bienestar físico, mental y social en 1948, la atención internacional no había estado tan dedicada como ahora al bienestar y su desarrollo entre los encargados de formular políticas y los reformadores de la educación.
Las amenazas internas y externas al bienestar de los estudiantes, incluyendo la pobreza y otros factores extraescolares, así como la prevalencia de problemas de salud mental en niños, niñas y jóvenes, son cuestiones fundamentales para la educación pública mundial. Como evidencia de sus argumentaciones presentaban el caso de tres sistemas educativos públicos que habían optado abiertamente por promover y mantener el bienestar como forma de mejorar no solo el aprendizaje de los estudiantes, sino la vida de toda la población. Se trataba de Ireland – Engaging Actively in Well-Being Promotion; The Ontario Well-Being Journey y Health and Well-Being in Scotland: The Responsibility of All.
Lo que buscan estos sistemas que piensan en la sociedad como un todo, ya que no ponen toda la responsabilidad en al escuela sino en toda la sociedad en general y en la política educativa en particular, no es una noción de bienestar individual y carente de conflictos, lo que suele resultar en individuos narcisista y con grandes dificultades para vivir en sociedad. Sino un ambiente de responsabilidad y empatía social y cultural que permita el desarrollo personal en entornos de confianza mutua.
En el caso de Escocia, por ejemplo, parten de tres principios: la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de la Infancia; Hacerlo bien para cada niño, niña, joven; Currículo para la Excelencia. Principios que se van concretando en nociones como: Aprendizaje interdisciplinar, Currículo y áreas curriculares, Ambiente y vida de la escuela u Oportunidades de realización personal.
Desde estas dimensiones y teniendo al alumnado como principal foco de atención (en la implementación de esta política en los centros también se tiene en cuenta al profesorado) los conceptos clave que se proponen son: Cuidado: Tener un lugar acogedor para vivir, en un entorno familiar con ayuda adicional si es necesario o, cuando esto no sea posible, en un entorno de cuidado adecuado. Actividad: Tener la oportunidad de participar en actividades como el juego, la recreación y el deporte que contribuyen a un crecimiento y desarrollo saludables, tanto en el hogar como en la comunidad. Respeto: Tener la oportunidad, junto con los educadores, de ser escuchados y participar en las decisiones que les afectan. Responsabilidad. Tener oportunidades y estímulos para desempeñar un papel activo y responsable en sus centros y comunidades y, cuando sea necesario, contar con la orientación y la supervisión adecuadas y participar en las decisiones que les afecten. Inclusión: Tener ayuda para superar las desigualdades sociales, educativas, físicas y económicas y ser aceptado como parte de la comunidad en la cual viven y aprenden. Protección: A salvo del abuso, la negligencia o el daño en el hogar, la escuela y la comunidad. Salud: Tener acceso a los más altos niveles posibles de salud física y mental, una atención médica adecuada y apoyo para aprender a tomar decisiones saludables y seguras. Capacidad de logro: Ser apoyados y guiados en su aprendizaje y en su desarrollo de sus habilidades, confianza y autoestima en el hogar, la Escuela y en la comunidad.
Como se vislumbró en la sesión, el camino no resulta fácil, pero apunta a un horizonte de trabajo y compromiso en red entre las distintas administraciones y entes públicos y privados que todos los asistentes hubiésemos deseado para nuestros países.

jueves, 3 de mayo de 2018

Paulo Freire y sus reflexiones acerca de enseñar y aprender

En su obra, “Cartas a quien pretende enseñar”, el famoso pedagogo hace una reflexión sobre las palabras “enseñar” y “aprender”, y el rol que cumplen éstas en los procesos de formación de los docentes.

Paulo Freire, uno de los más destacados pedagogos del siglo XX, escribió hace algunos años el libro Cartas a quien pretende enseñar, una obra con 10 cartas en las que Freire le habla a los docentes acerca de diversos aspectos de la práctica educativa, pero no lo hace en un tono acusatorio, sino todo lo contrario. Lejos de criticar su labor, defiende su identidad y su legitimidad como docentes, dialoga con ellos en el lenguaje directo que lo caracteriza y, de esta forma, les ofrece la confianza que necesitan para apoyarse en sus propios saberes, convicciones y en su capacidad para vincularse con sus estudiantes.

Las diferencias entre “enseñar” y “aprender”, las fuentes de las inseguridades, las cualidades de un buen educador, el primer día de clase, la relación entre los profesores y estudiantes, la disciplina y otros temas, son lo que aborda el pedagogo en este libro dirigido 100% a los profesores. En su primera carta, Freire explica cuál es el verdadero significado crítico de las palabras “enseñar” y “aprender”, y cuál es el rol del educador en estos dos procesos pues, como bien lo plantea, el docente además de enseñar, aprende a enseñar. Para explicar el tema, Freire habla de algunos elementos importantes, como la lectura, pero sobre todo, evidencia cómo estos dos conceptos van de la mano en los procesos de mejora docente.

En cinco puntos, te compartimos algunos de los inspiradores mensajes que el pedagogo escribe en la primera carta que compone su obra:

1. Aprender en el acto de enseñar
“Ningún tema puede ser más adecuado como objeto de esta primera carta para quién se atreve a enseñar que el significado crítico de ese acto, así como el significado igualmente crítico de aprender. Es que había notado antes. Pero ahora, al enseñar, no como un burócrata de la mente, sino reconstruyendo los caminos de su curiosidad, razón por la que su cuerpo consciente, sensible, emocionado, se abre a las adivinaciones de los alumnos, a su ingenuidad y a su criticidad, el educador tiene un momento rico de su aprender en el acto de enseñar. El educador aprende primero a enseñar, pero también aprende a enseñar al enseñar algo que es re-aprendido por estar siendo enseñado, sin lo cual no aprende, el educador se ayuda a descubrir dudas, aciertos y errores”.

2. El aprendizaje del educador
“El aprendizaje del educador, al enseñar, no se da necesariamente a través de la rectificación de los errores que comete el aprendiz. El aprendizaje del educador al educar se verifica en la medida en que éste, humilde y abierto, se encuentre permanentemente disponible para repensar lo pensado, para revisar sus posiciones; se percibe en cómo busca involucrarse con la curiosidad del alumno y los diferentes caminos y senderos que ésta lo hace recorrer. Algunos de esos caminos y algunos de esos senderos que a veces recorre la curiosidad casi virgen de los alumnos están cargados de sugerencias, de preguntas que el educador no había notado antes”.

3. Competencias profesionales
“El hecho de que enseñar enseña al educador a transmitir un cierto contenido no debe significar en modo alguno que el educador se aventure a enseñar sin la competencia necesaria para hacerlo, ni lo autoriza a enseñar lo que no sabe. La responsabilidad ética, política y profesional del educador le impone el deber de prepararse, de capacitarse, de graduarse antes de iniciar su actividad docente. Esa actividad exige que su preparación, su capacitación y su graduación se transformen en procesos permanentes. Su experiencia docente, si es bien percibida y bien vivida, va dejando claro que requiere una capacitación constante del educador, capacitación que se basa en el análisis crítico de su práctica”.

4. El aprendizaje anterior
“Al incluir el enseñar del educador, incluye también, por un lado, el aprendizaje anterior y concomitante de quien enseña y el aprendizaje del principiante que se prepara para enseñar en el mañana o que rehace su saber para enseñar mejor hoy, y, por otro lado, el aprendizaje de quien, aún niño, se encuentra en los comienzos de su educación”.

5. Enseñanza crítica
“Enseñar no puede ser un simple proceso, como he dicho tantas veces, de transferencia de conocimientos del educador al aprendiz. Transferencia mecánica de la que resulta la memorización mecánica que ya he criticado. Al estudio crítico corresponde una enseñanza también critica, que necesariamente requiere una forma crítica de comprender y de realizar la lectura de la palabra y la lectura del mundo, la lectura del texto y la lectura del contexto”.

6. Aprender a aprender
“Resulta necesario, entonces, que aprendamos a aprender, vale decir, que entre otras cosas le demos al lenguaje oral y escrito, a su uso, la importancia que le viene siendo reconocida científicamente. A los que estudiamos, a los que enseñamos –y por eso también estudiamos- ese lenguaje se nos impone junto con la necesaria lectura de textos, la redacción de notas, de fichas de lectura, la redacción de pequeños escritos sobre las lecturas que realizamos; en el contacto con buenos escritores, buenos novelistas, buenos poetas, científicos, filósofos, que no temen trabajar su lenguaje en la búsqueda de la belleza, de la simplicidad y de la claridad”.

jueves, 26 de abril de 2018

“Los niños quieren una escuela que les escuche”.



A principios de los años 90, un pedagogo italiano, padre de tres hijos, soñó con una ciudad en la que los niños pudieran salir solos a la calle, ir a la escuela por su cuenta, comprar en tiendas sin la supervisión de adultos. Si la idea suena quimérica hoy, aunque cada vez un poco menos, en esa época debía parecer la propuesta de un iluminado.

Pero Francesco Tonucci (Fano, 1940) creía en ella. “Lo que proponemos y lo que queremos no es una ciudad de niños, sino una ciudad para niños”, explica el pedagogo durante una reciente visita al colegio Arcadia, en Villanueva de la Cañada, uno de los centros que más ha seguido los postulados de este educador.
Sus postulados han tenido un cierto éxito en España, donde más de 20 ciudades se han adherido a su idea de La ciudad de los niños y cada vez más centros practican (algo parecido a) el camino escolar que propone este pedagogo. Especial es el caso de Pontevedra, que ha peatonalizado todo el centro y abrazado con entusiasmo las propuestas de Tonucci como el camino escolar.
El camino escolar consiste, básicamente, en que los niños vayan solos al colegio en vez de hacerlo con sus padres, ya sea en coche o andando, o en el autobús de ruta del colegio. Se diseñan unas rutas preestablecidas que se consideren óptimas y los niños irán caminando, recogiéndose unos a otros por el camino hasta llegar al colegio.
Esta práctica solo produce ventajas para la ciudad que la propugna, sostiene Tonucci. “Da autonomía a los niños, y corre más peligo un niño sin autonomía y que no conoce el riesgo y sale un día a la calle solo” que otro que está acostumbrado. “Además, favorecer la presencia de los niños en las calles mejora la seguridad de todos” porque los adultos estamos más atentos cuando vemos a pequeños andando solos, añade. Y los niños llegan más espabilados al colegio después del paseo matutino, lo que les sirve para entrar de lleno en la enseñanza desde el primer minuto. Todo ventajas.
Una enfermedad moderna
Tonucci cree que los niños están solos y que esta es una enfermedad moderna típica de los países ricos. Una enfermedad forzada por el desarrollo urbanístico de las ciudades y los modos de vida, que han provocado que los pequeños sean hijos únicos y que no salgan a la calle por el temor de sus padres a que les pase algo. Por eso, para combatir esto, ideó su Città dei bambini.
 “Es una ciudad de todos, donde todos puedan vivir pacíficamente cumpliendo sus deseos. Una ciudad donde el espacio público se quita de los automóviles y se devuelve a las personas para que podamos caminar, encontrarnos y jugar”, reflexiona.
Hoy, casi 30 años después de su visión, la ciudad de Tonucci está un poco más cerca de ser una realidad. Alcaldes de todo el mundo han aceptado, con más o menos entusiasmo, que las urbes son hostiles para el peatón. Lo son para el adulto, ni hablamos ya de los más pequeños. ¿Alguien ha visto a algún pequeño, de unos 10 años, andando solo por una gran urbe? Probablemente pocos.
¿Tratamos a los niños con condescendencia? ¿Pensamos que son inútiles o realmente las ciudades son territorios hostiles para ellos y hacemos bien en no dejarles funcionar con autonomía? “A menudo tengo el sentimiento de que los adultos piensan que sus hijos son incapaces”, reflexiona Tonucci.
“Esta evaluación, probablemente incorrecta, seguramente se debe a la forma en la que los evaluamos cuando están con adultos”, continúa. “En este caso es cierto que se comportan como irresponsables e incapaces, porque todo el poder está en manos del adulto y por tanto lo único que el niño puede hacer es molestar, escapar, no respetar las reglas. Pero cuando están solos, todos los niños son responsables y atentos”, opina.
Y sostiene que las percepciones de los adultos no se confirman con la realidad y no están justificadas. “El miedo de los padres es excesivo. Continúa creciendo, cada vez hay más, pero el peligro real, según los datos oficiales, tiende a disminuir”. ¿Por qué? “La política y los medios de comunicación probablemente tengan una responsabilidad seria por esta evaluación distorsionada de la realidad”, asevera.
La escuela de los niños
Tonucci es firme defensor de un concepto que a muchos adultos sonará extraño, pero que sin embargo recoge la Convención de la ONU sobre los Derechos de los Niños: hay que escuchar a los niños y, sobre todo, tener en cuenta sus opiniones, no solo escuchar como un ejercicio de condescendencia.
 “De esta manera se sabe cómo piensan, qué piensan y qué necesitan esas personas que son diferentes de nosotros, los adultos. La diversidad es el valor agregado de la infancia”, argumenta. Y ofrecen una visión diferente del mundo, no contaminada por el ritmo desenfrenado y el estrés que aqueja a los mayores. “El otro valor es su libertad en comparación con las actitudes modernas de las que los adultos somos esclavos como la prisa, el consumo, las modas o el interés privado. La escucha cuidadosa y competente de los niños podría ayudarnos a cometer menos errores y causar menos desastres”, reflexiona.
Si los escucháramos, continúa Tonucci, descubriríamos que los niños querrían una escuela “donde no se aburran, donde no pasen tanto tiempo haciendo tan poco y de tan poco interés para ellos. Quieren una escuela que los escuche y esté interesada en sus intereses, que no pueden agotarse en el lenguaje y las matemáticas, pero que a la vez puedan extenderse a lo largo del rango de las 100 lenguas que manejan los niños, como dice Loris Malaguzzi (padre y director de las escuelas Reggio Emilia, en Italia) y como se reconoce en el artículo 13 de la Convención de la ONU.
Respecto a la escuela, Tonucci sostiene que su misión principal ya no es “enseñar cosas”. ¿Cuál es, entonces? “La parte de la enseñanza es la menos importante y más trivial, especialmente hoy en día que podemos utilizar la tecnología”, expone. “Lo único que puede hacer la escuela es enseñar a aprender, a amar la lectura, eseñar a escribir para mantener los pensamientos o comunicarse con los demás, desarrollar conocimientos para los que el niño esté especialmente dotado, desde los artístico-manuales hasta los científicos. En la escuela un niño debe aprender a trabajar junto a otros, a ayudarse mutuamente”, enumera.
Porque la escuela, sostiene Tonucci, deja fuera a muchos niños que no tienen tanto interés en los currículums que más se trabajan en los centros, como Lengua o Matemáticas. “Los alumnos que sacan buenas notas en estas asignaturas saldrán adelante, pero ¿qué pasa con los que nacieron músicos, periodistas, artistas? Para ellos la escuela no existe”, se pregunta y se responde.
“Es absurdo que hagamos pasar tantas horas a los niños en un lugar que no quieren y no reconocen como suyo sino que lo ven hostil y de adultos. Así no van a rendir nunca”, sostiene. Para él, la clave de una buena escuela está en los maestros y no en reformas o leyes educativas. “En Italia las leyes no consiguieron cambiar la escuela significativamente para mejor. Cuando los gobernantes decidan que quieren de verdad una buena escuela para todos dejarán de pensar en reformas y se centrarán en la formación de maestros, que es lo necesario. La garantía de una buena escuela son los maestros, no las leyes ni tampoco la tecnología, por cierto”.
¿Qué es un buen maestro? “Uno que escucha a los niños porque saben que tienen cosas que aportar. Que es consciente de que tienen experiencia en algo que él no lo es. ¿Cómo va a proponer contenidos que consideren interesantes de esa manera?”, lanza al aire.
Los espacios y la autonomía
El pedagogo cree que los adultos manejamos erróneamente el concepto del espacio cuando se aplica a los niños. Nos encanta meterlos en uno y que se queden ahí, cuando esa idea va, asegura, contra la naturaleza de lo que es un niño.
En la escuela, por ejemplo, la idea de “aula” es antigua, dice, y en parte responsable de por qué está fracasando la escuela. “Propongo renunciar a las aulas”. “Para mí la escuela debería estar formada por talleres, por laboratorios. Los niños irían de uno a otro (frente al concepto tan español de que son los profesores los que cambian de clase mientras los niños se quedan fijos en una)”.
En la ciudad, sucede algo parecido con los parques. “Hay que renunciar a hacer espacios específicos para ellos”, explica, asumiendo que la ciudad se ha convertido en un lugar amable para los menores. “Cuando inventamos espacios para niños lo que estamos haciendo en realidad es excluir a los niños del resto de espacios, que deberían ser para todos”, argumenta. Además, cohartan la capacidad de inventar de los niños, algo absolutamente necesario para su correcto desarrollo, según el pedagogo.

 Daniel Sánchez Caballero.


miércoles, 18 de abril de 2018

Grupos de WhatsApp de la clase. Decálogo para hacer un buen uso.


Nos quejamos con frecuencia del mal uso que hacen nuestros hijos del Whatsapp: que si cotillean, si juzgan e inventan cosas, si critican… pero ¿de qué forma utilizamos nosotros este instrumento, en concreto el Whatsapp de la clase de nuestros hijos? No podemos olvidar que somos el espejo donde se miran nuestros hijos y debemos ser un buen ejemplo para ellos.
Por este motivo queremos compartir este decálogo para utilizarlo de manera correcta (si es que no lo estás haciendo del todo bien). 
DECÁLOGO:
  • Utiliza el grupo de Whatsapp de la clase para intercambiar información útil sobre tu hijo y el grupo-clase. Si no tienes nada positivo, útil e interesante que aportar mejor no escribas nada.
  • Respeta a los demás y su intimidad: una vez se comparte un contenido ya no hay marcha atrás.
  • No escribas lo que no dirías a la cara. Piénsatelo dos veces antes de enviarlo. Recuerda que lo que escribimos a través de este medio deja huella y ahí queda.
  • No te conviertas en la secretaria personal de tu hijo: deja que aprenda a asumir sus propias responsabilidades. Nada de preguntar deberes, trabajos, hacer sus ejercicios...
  • Ante el mal uso de alguno de los miembros del grupo no dejes pasar la ocasión de mostrar tu disconformidad y hacerle ver que no es la manera correcta de proceder.
  • Evita comentar los rumores que se compartan en el grupo e intenta erradicarlos. El rumor es una construcción grupal: todos los que participan o comentan el rumor son sus constructores pues cada uno de ellos aporta algo al mismo.
  • Si tus intentos de eliminar estas actitudes del grupo son fallidos, siempre tienes la opción de abandonar el grupo y dejar de formar parte del mismo. Aunque algunos no lo entenderán a veces es la mejor opción. Evita la creación de otros subgrupos.
  • No compartas en el grupo contenidos que atenten contra la privacidad de nadie ni sea ofensivo hacia otros (padres, profesores, etc.). Tampoco compartas fotos e imágenes privadas o de otros niños. Evita compartir memes, vídeos o chistes ya que esta no ha sido la finalidad de la creación del grupo.
  • Si tienes algún problema que resolver con el profesor, no lo hagas a través del grupo: ve directamente al centro a hablar con él cara a cara. De esta forma le darás la opción de poder ofrecerte sus argumentos sobre lo sucedido.
  • El grupo no se ha creado para criticar, insultar o amenazar. Si tienes que decir algo a alguien en concreto dirígete a esa persona en privado y no en el grupo.
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jueves, 12 de abril de 2018

La comunicación entre padres e hijos


Todos los padres necesitan tener una buena comunicación con sus hijos. La comunicación favorece la relación, se obtiene un ambiente de unión, de respeto, de tolerancia y de cariño y confianza. Si es importante el diálogo en las relaciones interpersonales, lo es aún más la comunicación en la familia, ésta está guiada por los sentimientos, nos ayuda a establecer contacto con el otro, a dar o recibir información y así expresar aquello que queremos decir, ya sean ideas, sentimientos o sufrimientos. La comunicación ayuda a fortalecer el apego en la familia y entre sus miembros.
A los padres y a las madres les gusta tener con los hijos una comunicación fluida y positiva. Cuando esto no es así, cuando la relación se deteriora y se convierte en superficial, aparecen las dudas y la desconfianza, los problemas pasan por la mente de los padres y surge la angustia. De igual modo hay momentos que los hijos no necesitan comunicar según que aspectos de sus vidas a los padres y este hecho ha de ser respetado, en este momento los hermanos o los amigos cobran un papel importante. Aquí los padres tendrán que darles a los hijos su espacio y momento y estar presentes por si son necesarios en algún momento. Este hecho suele ser más frecuente en la adolescencia y los niños se vuelven más reservados que cuando son más pequeños. Es en este momento cuando los padres tendrán que estar más alerta y observar las conductas de sus hijos por si necesitan de su ayuda y ellos no son capaces de comunicarlo. Es importante que sepamos que, a veces, con el afán de ayudar a los hijos, los padres pueden convertirse en jueces, se critica o se censuran sus conductas con mucha rapidez y esto no favorecerá a la relación.
Escuchar atentamente es el primer paso que nos permitirá conocer qué preocupa al niño y cuál es su estado emocional. Los niños aprenden desde el ejemplo, por eso es necesario que los padres comiencen desde muy pequeños a interiorizar en los niños pautas o normas de una buena comunicación. Cuando existe la comunicación en una familia, seguramente se puede afirmar que existe un compañerismo, una complicidad, y un ambiente de unión y afecto en la casa. Hay que ayudar a los hijos, es decir, que los padres introduzcan mecanismos que faciliten la comunicación, por ejemplo:
  • Escuchar con atención e interés, que el niño sienta que está siendo atendido.
  • Cuando se dé un consejo que sea siempre en clave positiva.
  • Ponernos en el lugar del niño y poder entender que es lo que le pasa, así podremos ayudarle con mayor facilidad.
  • Crear un ambiente que facilite la comunicación.
  • Que se sienta partícipe de decisiones de la familia, que pueda opinar sobre aspectos concretos y explicarles las cosas que suceden en el núcleo familiar, siempre teniendo en cuenta la edad del niño.
  • No juzgarlos antes de tiempo cuando nos expliquen alguna cosa.
  • Proporcionarles confianza para que puedan hablar sobre cualquier tema dentro de la familia, es mejor que puedan hablar obtener información dentro del núcleo familiar que no fuera.
Es importante poder seguir todas estas pautas, que el niño se sienta escuchado, que pueda comunicarse abiertamente y se sienta apoyado cuando exprese todos sus sentimientos. De esta manera la comunicación será positiva y el ambiente familiar será el adecuado para el buen desarrollo del niño.
Escrito por: Patricia de la Sierra Díez

miércoles, 4 de abril de 2018

Todo lo que aprende cuando le enseñas a pedir perdón

Todos sabemos, por experiencia propia, lo difícil que es pedir perdón y reconocer los errores. Y a medida que nos hacemos mayores, más difícil es. Sin embargo, la persona que sabe perdonar vive más feliz, sin rencores y sin tantas presiones internas; perdonar se convierte así en una herramienta terapéutica para el alma. Y tan necesaria es para los niños como para los adultos.
Pedir perdón de manera consciente y voluntaria ayuda a los niños a:
  1. Ser responsables de sus actos
  2. Ser respetuosos con los demás
  3. Reconocer y cambiar comportamientos negativos
  4. Desarrollar habilidades cognitivas
Tres consejos para enseñar a los niños a reconocer sus errores y disculparse por ellos:

A través de tu ejemplo 

No solo en las cosas que le atañen a él, sino como principio de vida en tu familia. En tu relación con tus hijos y con tu pareja. Con tus amigos, en el supermercado o en el pediatra. Reconocer los errores y disculparte por ellos si es que afectan a los demás debe ser un principio de vida y no solo una estrategia educativa. “Perdona hijo, he llegado tarde a recogerte; lo siento. Intentaré no volver a hacerlo”.
Haz que reflexione en vez de obligarlo
Tu hijo debe darse cuenta de lo sucedido. No des por sentado que un niño tan pequeño entiende que su amigo llora porque le ha quitado su camión. En lugar de obligarlo a pedir perdón, repasa la situación con él y hazle preguntas como éstas: “¿Cómo se sentía Carlos antes de que le quitaras su camión? ¿Y ahora que se lo has quitado? Imagina qué sentirías si tú estuvieras jugando muy contento y de pronto un niño llegara y te quitara tu juguete sin pedirte permiso. Qué tristeza, ¿verdad? ¿Qué te habría gustado que hiciera Carlos si él te hubiera quitado el camión? ¿Qué podrías hacer tú para que Carlos no estuviera tan triste?” De esta manera permites que tu hijo se percate de su error, encuentre su propia solución y una respuesta compensatoria.

Enséñale a describir la situación

Decir “perdón” no es lo mismo que “pedir perdón”, reconociendo el error y con la intención de no repetirlo. Para que un niño se percate de su responsabilidad en el acto, comprenda que se ha equivocado o que las consecuencias de sus actos han afectado a los demás debemos enseñarle a describir. Un niño pequeño solo lo aprenderá si te ve describir a ti en todos los contextos: “Te quiero pedir una disculpa por haberte gritado. Creo que no es necesario gritarte para decirte las cosas. Me he equivocado. En esta casa no se grita, se habla con cariño, lo siento”.


Nunca obligues a tu hijo a disculparse
En vez de ello, dale información de lo sucedido y una oportunidad para hacer algo por el otro. Es la única manera, junto a tu ejemplo, de que entienda hasta dónde llegan las consecuencias de sus actos, y busque estrategias reparadoras. Si lo obligas , solo consentirás que pida perdón por coacción u obediencia ciega, y que crea que así se resuelve la situación sin sentir ninguna necesidad de cambiar su comportamiento.
El objetivo de pedir perdón no es solo disculparse sino que haya un cambio en su consciencia, que entienda cuál fue su error y el alcance del mismo para así buscar estrategias que ayuden a que no lo vuelva a hacer. Se trata de que entienda que todos los errores tienen solución y que está en sus manos compensar la falta y evitar que se repita. Un error es una oportunidad de aprendizaje y no un medio para hacer sentir culpable o mal a los niños.
Al ayudarle a pedir perdón fomentas habilidades cognitivas como la percepción clara y precisa, instrumentos verbales adecuados, capacidad de considerar dos o más fuentes de información a la vez, capacidad de percibir y definir el problema, habilidad para diferenciar datos relevantes e irrelevantes, amplitud del campo mental, Interiorización del propio comportamiento, pensamiento hipotético y comunicación descentralizada, entre otros.